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Martes, 25 noviembre 2014
Astronáutica

Gran Enciclopedia de la Astronáutica (367): Paperclip, Operación

Paperclip, Operación

 

Política científica

 

A mediados de septiembre de 1945, un avión procedente de Europa aterrizaba de forma discreta en Estados Unidos. De él descendieron siete científicos alemanes de gran valor, una primera selección de los 115 que acabarían llegando al país durante los próximos meses, incluyendo a quien parecía liderarlos a todos: Wernher von Braun. Su mérito: haber diseñado la V-2, el primer misil de la historia que Hitler había bautizado como el Arma de la Venganza y que si la guerra hubiera continuado hubiera podido llevar la destrucción hasta los aliados.

 

No llegaron solos. Con ellos viajaron grandes cantidades de documentación incautada, así como piezas suficientes para montar más de 60 vehículos, probablemente el principal botín de guerra que obtuvieron los estadounidenses después de años de contienda en el viejo continente. Un tesoro científico que permitiría a los militares norteamericanos efectuar un gran salto adelante en esta tecnología que se revelaría clave durante la inminente Guerra Fría.

 

La cohetería había sido un tema de rabiosa actualidad durante las primeras décadas del siglo XX. Varios pioneros en Francia, Alemania, Estados Unidos y la URSS intentaron llevar de la teoría a la práctica, a distinta escala, las ideas de una generación previa de inventores. Pero si bien la mayoría efectuaron interesantes avances y desarrollaron tecnología para hacer volar a los primeros y rudimentarios cohetes de combustible líquido, sólo en Alemania las cosas alcanzaron cotas sugestivas.

 

En manos inicialmente de aficionados, interesados sólo en el vuelo espacial, el desarrollo de los mejores cohetes alemanes pasó en 1932 a estar dirigido por el Ejército. El Tratado de Versalles había impedido el rearme militar alemán, limitando grandemente la utilización de la artillería. Pero en cambio, no decía nada de los cohetes de combustible líquido, ya que en esa época sólo estaban vigentes los cohetes de pólvora negra, muy poco eficientes. Así pues, cuando los miembros de la Verein für Raumschiffahrt (Sociedad para el Viaje Espacial) hicieron una demostración de sus vehículos a representantes del Ejército, éstos se dieron cuenta de su potencial. Pocos meses después, algunos de los socios de la VfR, entre ellos von Braun, estaban ya trabajando en cohetes que jamás hubieran podido diseñar como aficionados. En el nuevo programa trabajarían ingenieros, químicos, técnicos metalúrgicos, mecánicos, etc., bajo la supervisión del capitán Walter Dornberger y del coronel Karl Becker, quienes aportaron los recursos necesarios para hacer realidad los primeros cohetes experimentales, los A-1 y A-2.

 

En 1935, estos técnicos y científicos revolucionaron la tecnología de la cohetería, inventaron gran cantidad de sistemas y pulieron los diseños de una creciente serie de vehículos capaces de volar cada vez más alto. Lo hicieron los A-3 y A-5, mientras se diseñaba la joya de la corona: el A-4. Ese último, más adelante bautizado como V-2, se convertiría en el primer vehículo espacial, con vuelos que salían de la atmósfera. Esto y su capacidad de carga, lo convirtieron en un arma fabulosa, y por tanto, en un codiciado botín de guerra.

 

Conscientes del peligro que representaban, los aliados bombardearon las instalaciones de diseño y construcción de Peenemünde los días 17 y 18 de agosto de 1943, durante la operación Crossbow. El objetivo: matar a la materia gris que los hacía posibles. A pesar de la destrucción, no lo consiguieron, y una vez aprendida la lección, los científicos encabezados por von Braun serían a partir de entonces tratados como armamento de gran valor. Trabajarían desde ese momento en una instalación subterránea, en Nordhausen Mittlewerke, en las montañas de Hartz, donde se producirían miles de cohetes V-2. Hasta el 27 de marzo de 1945 se lanzaron 4.320 ejemplares, pero su poder destructivo resultó inferior al esperado. Como una huida hacia adelante, se empezó a pensar en un cohete aún más grande, capaz de alcanzar suelo americano, e incluso de transportar armas atómicas y químicas.

 

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El curso de la guerra para Alemania, no obstante, no era satisfactorio, y a principios de 1945 se temía ya la derrota. Se sabía que los aliados pretendían invadir el país, y dividirlo en dos partes. Peenemünde, por ejemplo, quedaría en el sector soviético. Para evitar que el valioso personal y los cohetes quedaran en manos de los invasores, se organizó el traslado de miles de personas en dirección a Nordhausen-Bleicherode, evacuando Peenemünde a partir del 17 de febrero. El principal peligro para los científicos, sin embargo, estaba en casa. La SS, con Hans Kammler al mando, podía acabar con ellos para evitar que cayeran en manos de los enemigos. Consciente de ello, von Braun temía por sus hombres y por los planos de los cohetes. Así, y a pesar de un accidente de tráfico que el día 18 le mandó al hospital, en cuanto se enteró de que Hitler había reconocido la derrota, abandonó urgentemente la instalación sanitaria para reunirse con sus compañeros. Entre todos, ocultaron en secreto y en un lugar seguro los 64.000 planos que permitirían construir nuevas V-2 y futuros cohetes más potentes.

 

Ignorante de ello, Kammler decidió retirarse a Oberammergau, en los Alpes Bávaros, y se llevó con él a un grupo selecto de científicos, incluyendo a von Braun. Llegaron el 4 de abril, acompañados por soldados de la SS, con la sensación de que deberían esperar allí la decisión de Hitler sobre qué hacer con ellos. El resto de técnicos fue dispersado, al tiempo que cesaban las actividades en Mittlewerke, con los americanos a poca distancia.

 

En efecto, los estadounidenses sabían que el centro misilístico alemán estaba en esa zona, y también que dicha región debería pasar a manos soviéticas. Con la URSS como futuro rival, no podían permitir que se llevara tan valioso tesoro, y avanzaron hacia Nordhausen, donde llegaron el día 11 de abril. Allí auxiliaron a los prisioneros de guerra que quedaban, a punto de morir de hambre, y registraron las instalaciones. Cargaron todo el material que encontraron, incluyendo algunas V-2 casi completas y piezas sueltas, pero apenas documentación.

 

En los Alpes, Kammler abandonó el escenario buscando ponerse a salvo, pero aún dejó algunos soldados vigilando a los científicos. En su ausencia, von Braun consiguió convencer a su jefe para que les permitiese dejar el lugar, ante el supuesto peligro de que un ataque pudiera acabar con todos a un tiempo. Dispersados en grupos, podrían ocultarse mejor.

 

Von Braun se refugió en Oberjoch, en el Tirol austriaco, con otros compañeros y con el ahora general Dornberger y sus soldados. Pero su tema de conversación no fue esconderse sino decidir a quién entregarse, si a los soviéticos o a los norteamericanos. Por su parte, propuso entrar en contacto con los últimos, ya que el régimen político soviético no auguraba que fueran a permitirles trabajar en su campo. La mayoría de los científicos (y todos los principales, menos uno) decidieron entregarse a los americanos, a la espera del momento oportuno.

 

Fue el 1 de mayo cuando, ante la noticia del suicidio de Hitler, se envió a Magnus, hermano de Wernher, a buscar una patrulla de soldados estadounidenses. Cogiendo una bicicleta, descendió por las montañas de Kuehgund hasta que lo logró. En un mal inglés, pidió hablar con “Ike” Eisenhower, demanda que divirtió a Frederick Schneikert, un suboficial de una unidad antitanque. Pero en cuanto el recién llegado empezó a afirmar que era el hermano del creador de la V-2, y que éste quería rendirse a su tropa, prestó mucha más atención. Con mucho que ganar, lo siguieron hasta Schattwald, y allí se produjo el trascendental encuentro. Durante los siguientes días, otros grupos de alemanes se reunieron con ellos en Reutten, y quedaron bajo la custodia de los soldados, pendientes de verificar sus identidades e importancia.

 

No se sabía que Wernher von Braun era el inventor de la V-2, pero su nombre sí estaba en una lista de importantes científicos que había caído en manos americanas, preparada por Werner Osenberg para certificar su lealtad. A partir de dicha lista, y de la información proporcionada por los propios alemanes, el mando estadounidense inició una ronda de interrogatorios que confirmaron que ese joven de 33 años era en efecto el líder del programa técnico de misiles, y que sus compañeros formaban parte de dicho programa.

 

El siguiente paso sería asegurarse de que ese valioso personal no cayese en poder de los soviéticos. Había que conseguir que viajaran a Estados Unidos y se pusieran al servicio del Ejército de este país, aún con un frente abierto en el Pacífico. El inmenso esfuerzo por lograr esto se llamó operación Overcast, rebautizada después como operación Paperclip, e incluía no sólo a los científicos en cohetería, sino también a otros expertos destacados en otras áreas.

 

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La vertiente misilística sería encargada al coronel Holger N. Toftoy del US Army. Von Braun ya estaba decidido a ir a América, pero quería llevarse a todo su personal y sus familias, cientos de personas, ante lo cual Toftoy no pudo acceder. Para evitar un desencuentro, se decidió que von Braun eligiera a un primer grupo, el cual, junto con la documentación y el material, viajaría a Estados Unidos. Más tarde se reunirían con ellos los familiares y el resto de técnicos. La lista completa de científicos ascendía a 127 personas. El primer grupo, sin embargo, estaría formado sólo por siete, contando a von Braun.

 

El viaje a Estados Unidos no sería inmediato. Como gran aliado de los americanos, Gran Bretaña quiso participar en el proceso de asimilación tecnológica. Sin conocer exactamente lo que ya tenían los estadounidenses, recibieron tres V-2, las cuales serían lanzadas experimentalmente durante el programa Backfire. Para hacerlo posible, se envió a von Braun a Londres en junio de 1945. Después regresó al continente, a París, desde donde partiría con el grupo de elegidos hacia América. Llegaron allá el 27 de septiembre.

 

La cuestión de los sabios alemanes era muy delicada. La opinión pública probablemente no aceptaría que un grupo de “nazis” entrara en el país, así que su llegada se mantendría inicialmente en secreto. El plan era que todos ellos recibieran un contrato de trabajo de medio año, en este caso con la compañía General Electric, contratista habitual del Ejército.

 

Iniciaron entonces un largo periplo, que los hizo pasar por Fort Standish, en Boston, y después por Fort Strong, en Long Island. Su labor consistiría básicamente en explicar a sus colegas estadounidenses los planos y otra documentación traída desde Alemania. Posteriormente fueron trasladados a Fort Bliss, en Texas, a la espera de más trabajo, que se materializó algún tiempo después, cuando colaboraron en la puesta a punto de las V-2 capturadas, las cuales serían lanzadas desde White Sands durante el programa Hermes. Durante los siguientes meses, von Braun mandó llamar al resto de sus científicos, así como a sus familias, hasta más de 500 personas, que llegaron también dentro de la operación Paperclip. Sin embargo, no se integraban bien en la sociedad estadounidense, que aún los miraba con recelo por su pasada relación con los nazis. Algunos, como Dornberger, no pudieron llegar hasta 1947, debido a que fueron juzgados en Europa por posibles crímenes de guerra, de los que fueron absueltos.

 

Ya bien establecidas, muchas de estas familias decidieron no regresar jamás a Alemania. Pidiendo la nacionalidad estadounidense, y habiendo entrado en el país de forma irregular, en 1950 fueron desplazados a Ciudad Juárez, México, desde donde recibieron visados oficiales para entrar en los Estados Unidos de forma completamente legal. Otros volvieron a Europa. Los que se quedaron trabajaron en sus planes espaciales y militares, y aunque al principio no se les hizo mucho caso, acabaron construyendo los nuevos misiles Redstone y Jupiter del Ejército. Más adelante, ya en la NASA, en Hunstville, aquellos alemanes desarraigados se pusieron al frente del programa que diseñaría el más potente cohete de la historia, el Saturn-V, que enviaría a hombres hasta la superficie de la Luna. El círculo soñado se había cerrado.

 

Los soviéticos, que cuando llegaron a Peenemünde y a Nordhausen encontraron sólo chatarra y técnicos de segunda categoría, llevaron a cabo su propia operación Paperclip. No consiguieron llevarse a von Braun y a sus hombres, pero sí a un ingeniero notable, Herman Gröttrup, quien prefirió entregarse a los soviéticos. Su periplo pasaría sin embargo por Siberia, y por condiciones de trabajo muy insatisfactorias. Cuando se les extrajo todo lo que sabían sobre cohetes, fueron devueltos a Alemania Oriental, alejados de la carrera que esperaban haber seguido. Von Braun, una vez más, tuvo razón.

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