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Jueves, 1 enero 2015
Ciencia-ficción

El Ojo del Artista (Jorge Munnshe) Capítulo 1

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AL BORDE DEL NAUFRAGIO

 

    La pintura le fascinaba desde tan atrás en el tiempo como podía recordar. Su vocación de pintor probablemente se forjó con sus más antiguos y rudimentarios dibujos en la infancia.

    Los lápices de colores y el papel fueron sus primeros amigos. Gracias a ellos, lograba hacer un poco más reales las cosas que tenía en su imaginación. Una vez dibujadas, podía verlas, aunque estuvieran representadas de manera tosca. Así, los lugares maravillosos que existían en sus pensamientos parecían estar algo más cerca. Y su sueño de visitarlos le parecía un poco menos imposible.
    Sin embargo, intuía, y al crecer lo supo con certeza, que esos parajes no podían existir en ningún rincón de la Tierra. No podría, por tanto, viajar a ellos jamás.
    Ser capaz de pintarlos año tras año con una destreza cada vez mayor, le permitía al menos dejar volar la imaginación con más intensidad y sentirse transportado a ese otro mundo tan extraño como hechizante. De hecho, en muchos momentos duros de su infancia y adolescencia, anheló con toda su alma poder huir al otro lado de alguno de sus cuadros.
    Aunque Eric empezó pintando del modo tradicional, se había acabado especializando en el uso del medio electrónico. Desde los veintiún años de edad, un ordenador portátil, diversos programas de diseño y procesamiento gráficos, y varios accesorios para controlar el universo al otro lado de la pantalla mediante sus manos, eran su equipo básico para pintar. Ahora, con veintisiete, manejaba todas esas herramientas con tanta soltura como si fuesen prolongaciones físicas de su cuerpo.
    Su sueño era ganarse la vida con sus cuadros. 
    Aunque procuraba pintar cuadros de temas variados y que resultasen comerciales, los paisajes extraterrenales eran las pinturas que más le motivaban y las que sentía como lo mejor de su producción artística.
    Por supuesto, jamás había salido de la Tierra, y las únicas imágenes de superficies de otros mundos que conocía eran las captadas por las sondas de exploración en astros del sistema solar, y las de los viajes tripulados a la Luna.
    Pero en su imaginación forjaba paisajes de planetas remotos, que jamás habían sido vistos por ojos humanos. 
    Los pintaba cuidando con la máxima precisión los detalles técnicos, desde los inherentes a sus características geológicas y medioambientales, hasta los relativos a la iluminación generada por sus soles. Por eso y por su esmerado trabajo con las texturas y los colores, conseguía darles a sus paisajes imaginarios un realismo visual casi fotográfico. Con ello, esperaba abrirse paso profesionalmente en esta especialidad temática.
    Lo había intentado por todas las vías a su alcance, incluyendo dedicar casi todo su tiempo a pintar y promocionar esas y sus demás obras. El coste de su empeño era que carecía de empleo desde hacía cinco años, y que los ingresos ocasionales que ganaba con sus cuadros no bastaban ni para cubrir sus necesidades básicas. 
    Ahora, su situación era como la de un barco a punto de hundirse.
    Después de la muerte de su madre por problemas asociados al alcohol, vivió un año en casa de su hermano, seis años mayor que él, y su cuñada, hasta que las frecuentes discusiones entre ambos hermanos los enemistaron de forma probablemente definitiva.
    Su padre, un sujeto de temperamento violento de quien se sospechaba que trapicheaba con pequeñas cantidades de droga, era como si no existiera, pues les abandonó cuando Eric tenía alrededor de un año de edad,  y nunca se había preocupado por ellos más allá de cumplir con las obligaciones dictadas por el juez cuando no le quedaba más remedio, distanciándose de modo definitivo de ambos hijos cuando la edad de estos extinguió sus obligaciones legales como padre.
    Eric tampoco tenía parientes de quienes pudiera esperar recibir ayuda de buen grado.
    Nunca se llevó bien con su hermano Jacques. Eran de mentalidades muy diferentes, casi opuestas. Jacques había logrado sacar adelante una pequeña carpintería de aluminio, en la que trabajaban él, su esposa y un empleado. Veía la vida de un modo práctico. Para él, insistir en actividades artísticas como la de Eric era inaceptable si a fin de mes no daban al menos el mismo dinero que un trabajo convencional. Opinaba que después de los tres primeros meses de intentar profesionalizar su vocación, sin lograr resultados, debería haberse olvidado de su sueño y ponerse a trabajar en lo que fuese, como por ejemplo ayudarle en la carpintería.
    Eric consideraba a su hermano como un materialista incapaz de apreciar cuestiones trascendentales, encerrado en un mundo donde el valor de una persona se mide por el dinero que gana con su trabajo. Él, por su parte, consideraba a Eric un iluso, un soñador que aún no se había dado cuenta de cómo era el mundo real, y que había estado viviendo a su costa consciente o inconscientemente.
    Eric se acabó hartando de soportar las broncas de Jacques, y sentía su orgullo demasiado herido como para ponerse a trabajar para él. Por eso, tras la última de varias discusiones fuertes,  recogió su exiguo equipaje, le dijo a su hermano que no pensaba aceptar nunca más nada de él, y se marchó con la intención de no volverle a ver jamás. Jacques no se quedó callado y también le soltó un buen puñado de reproches cáusticos además de decirle que en lo que a él le concernía, podía irse al diablo.
    Eric se marchó a la cercana ciudad de Niza y alquiló una habitación en la pensión más barata que encontró. Aprovechando el ambiente turístico, exponía algunos de sus mejores cuadros en un parque muy transitado. Cuando vendía alguno, lo que no sucedía muy a menudo, encargaba imprimir otra copia y compraba un nuevo marco. 
    Habían transcurrido ya cuatro meses desde que se marchó de casa de su hermano. Si no mejoraban las ventas, y no había motivo para creer que lo harían, sus ahorros le durarían solo cinco meses más. 
    Ya había asumido bastante tiempo atrás que su vocación artística le arrastraría a un porvenir difícil. Era consciente de que ahora su vida discurría por lo que a todas luces era un callejón sin salida. Cuando agotase sus ahorros y se quedase sin techo ni comida, debería recurrir a los servicios de asistencia social, algo que le daba mucha vergüenza, y resignarse a lo que tuviera que hacer para vivir, incluyendo dejar de lado la pintura.
    Por eso, aquel día de noviembre en que una mujer le compró no uno sino ocho de sus cuadros, Eric tuvo la sensación de que el timón de su vida se había movido, aunque fuese unos milímetros, demorando su naufragio.
    Al principio no reparó en ella, con tanta gente paseando y deteniéndose aquí y allá. Sospechó que estaba interesada al notar que llevaba largos minutos contemplando sus cuadros. Era un poco más alta que él. Su cabello, negro intenso, lo llevaba parcialmente recogido. Las gafas de sol con cristales negros que ocultaban por completo sus ojos le daban un cierto aire misterioso o de persona que no desea que la reconozcan. Parecía ser joven o de mediana edad.
    Con toda naturalidad, ella le dijo que deseaba "comprar varios cuadros". Él la atendió procurando ser lo más amable posible, contento ante lo que imaginaba sería una venta de dos o tres. Para su asombro, después de seleccionados y apartados tres, siguió indicándole otros, hasta dejar expuestos tan solo dos, uno de carácter abstracto y el otro una escena campestre típica. La mujer debía sentirse entusiasmada con sus paisajes extraterrestres, la categoría a la que pertenecían los ocho cuadros que había adquirido. Era la primera admiradora clara de su arte que conocía. Sin embargo, la notaba demasiado tensa y distante para lo que imaginaba que podía esperar de alguien capaz de comprarle ocho cuadros.
    —¿Los pintas tú?
    —Sí, claro, todos son originales míos —aseveró, un poco dolido ante aquella pregunta que parecía surgida de la sospecha de que él pudiera limitarse a imprimir copias del arte de otros.
    Una vez cobrado el importe, se ofreció varias veces a llevarle los cuadros hasta donde ella tuviera su coche. Al ser rehusada sistemáticamente su oferta, y de un modo que denotaba que ella no lo hacía para evitarle molestias a él sino porque le interesaba por razones personales obrar de este modo, dejó de insistir para no incomodarla.
    —¿Tienes más cuadros como estos?
    —Sí, muchos, aunque solo suelo exhibir unos pocos.
    —¿Y son de este mismo tipo de paisajes?
    —Tengo de varias clases de paisajes; cada clase correspondería a un tipo de planeta.
    —Me refiero del mismo estilo exacto que el de estos ocho cuadros.
    —Sí, mi serie de ese planeta es la más abundante, y personalmente la que más me motiva. 
    —¿Y de dónde sacas las ideas para elaborar las imágenes de esta serie?
    —Es difícil de decir. A veces tengo en mente lo que deseo pintar y otras va surgiendo sobre la marcha a partir de una idea inicial distinta.
    La desconocida siguió haciéndole preguntas sobre su arte durante un buen rato, a las que él respondió explayándose, halagado por el interés que ella mostraba.
    Cuando se fue, dijo que volvería con periodicidad para ver si tenía otras producciones de la misma serie.
    La irrupción de aquella mujer en su existencia gris le aportó una brizna de felicidad y hasta de esperanza. Vivir de la pintura podía ser menos difícil si lograba más clientes como ella.
    Aunque los consideraba menos comerciales que los cuadros que solía exponer, el interés de la dama misteriosa por su serie hizo que Eric mandase imprimir copias de ocho pinturas que no había expuesto aún en el parque. Si era una mujer adinerada y su entusiasmo pictórico no decaía, quizá le comprase varios de aquellos cuadros. Todos, era esperar demasiado.

 

——————————

 

    Tres días después, su admiradora volvió a aparecer en el lugar del parque donde él solía exponer. Estudió con sumo interés cada pintura, sin poder disimular una sonrisa de satisfacción, y una vez concluido su examen le compró las ocho.
    Esta vez estuvieron charlando durante mucho más tiempo. Dado que era poco habitual que alguien se parase a hacer preguntas sobre los cuadros y menos aún a hacer una compra, pudo atenderla sin interrupciones durante esas casi tres horas. La notó más relajada y accesible.
    Al empezar a oscurecer, él recogió sus cosas. Ella se ofreció a llevarle en coche hasta donde le pidiera. Al parecer, había intuido que él no disponía de transporte propio. Él aceptó, no por ahorrarse el trayecto a pie sino porque le apetecía prolongar un poco más la conversación con ella.
    Salieron del parque. Caminaron varias calles hasta llegar a donde ella había aparcado, bastante más lejos de donde podría haberlo hecho sin dificultad. Su vehículo era un todoterreno. Quizá solía circular por áreas rurales o le gustaba el aire de aventura de tales coches.
    Una vez dentro del automóvil, por fin se quitó las gafas de sol y pudo ver su rostro al completo.
    Tenía unos ojos grandes y negros, que acentuaban de manera notable el impacto de su mirada, un impacto que en algunos momentos resultaba incómodo porque daba la impresión de que clavaba con fijación obsesiva sus pupilas en las de su interlocutor.
    Lucía un bronceado suave. Su boca era grande, lo que le daba un cierto aire agresivo. La impecable dentadura que mostraba al sonreír, y otros rasgos, sugerían que había cuidado muy bien de su salud. Le calculaba entre treinta y cinco y cuarenta años de edad, aunque su silueta podría pasar por la de una veinteañera. Decidió que era guapa, aunque su belleza no se ajustaba a los estándares de moda ni tenía el aire angelical que muchos asocian al atractivo físico. Pensó que en un casting para una película, le quedaría mucho mejor el papel de mala que el de buena. Su voz, bastante grave, también contribuía a darle ese porte agresivo.
    Se presentó formalmente, y así él supo que se llamaba Nadine Beraud y que vivía en una urbanización de los alrededores de Niza. Ella ya sabía su nombre desde la primera compra, por la ficha técnica pegada en el reverso de los cuadros.
    Durante el trayecto, siguieron conversando de pintura. Nadine parecía toda una experta en la materia, además de una apasionada coleccionista. A él le halagaba que una persona tan versada en arte clásico se sintiera impresionada por cuadros suyos que además no tenían nada de tradicional, aunque según ella esos cuadros de paisajes extraterrestres que había adquirido estaban pintados "con la fuerza de un pintor renacentista". 
    Cuando llegaron ante el edificio de la pensión, él se preguntaba si debía, por cortesía, invitarla a tomar algo en la cafetería de al lado, pero antes de que dijese nada, ella se despidió de él prometiendo volver a pasarse por el parque dentro de unos pocos días, y le animó a preparar más cuadros para ella.

 

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    En la siguiente visita, Nadine le compró diez cuadros, todos los que tenía expuestos en ese momento. Sin nada más que ofrecer a los viandantes, a Eric nada le quedaba por hacer esa tarde en su rincón del parque. Nadine le propuso que fuesen a algún sitio tranquilo a charlar, dejándole claro que ella le invitaba y que eso no admitía discusión.
    Eric aceptó. La compañía de Nadine le gustaba. No solo por el apoyo anímico que le daba con sus elogios sobre los cuadros que adquiría, sino porque su naciente relación con ella era lo más parecido a una amistad que él tenía en esos momentos. Sin parientes o amigos que pudieran echarle una mano en caso de apuro, Nadine podía llegar a convertirse, con el tiempo, en su tabla de salvación ante una ocasión crítica. 
    El día que la conoció se le antojó una mujer extraña, gélida y altiva. La aureola de misterio no la había perdido, pero al menos ahora notaba que valoraba tanto al artista como a su arte. Para ella, las pinturas que le había comprado no eran meros artículos de consumo con los que decorar el salón de su chalet, sino ventanas a un mundo interior, el de Eric, que ella deseaba explorar a fondo.
    A Nadine le fascinaban, entre otros detalles, el "realismo" y la "coherencia", según sus palabras, de los paisajes de esa serie. Eric le explicó que simplemente se había limitado a escoger unas características físicas básicas que tendría aquel planeta, y las respetaba a la hora de pintar.
    La estrella en torno a la que giraba aquel mundo era más potente que el Sol. Debido a eso y a otros parámetros, la luz ambiental diurna que bañaba a los paisajes era casi el doble de la de un mediodía terrestre con cielo despejado, y presentaba una tonalidad bastante azulada. El calor era algo superior al terrestre, pero no tanto como la luz. En los polos, la temperatura más baja era de unos 50 grados centígrados bajo cero.
    La percepción visual de inmensidad enorme, perceptible sobre todo en las llanuras, con terrenos prolongándose mucho más de lo "normal" en el horizonte, era la consecuencia óptica de un planeta con un diámetro del doble del de la Tierra.
    Dejaba volar la imaginación, aunque procurando siempre que todo rasgo geológico o meteorológico mantuviera una cierta base lógica y respetase los atributos fundamentales del planeta.
    Así por ejemplo, para los desiertos de arena tan blanca que parecía nieve, se guiaba por el efecto óptico que él imaginaba que tendría la iluminación sobre el suelo claro de aquellos páramos, y por la abundancia de minerales blancos quebradizos. Los numerosos destellos diamantinos emitidos por el suelo respondían a partículas minerales como el cuarzo, esparcidas por doquier, y bañadas por la intensa luz.
    Otro ejemplo lo constituían las zonas polares, para las que jugaba con los efectos ópticos de la penumbra azulada sobre bloques de hielo, así como con los de las nubes de tonalidad y composición química distintas a las terrestres reflejadas en lagos de líquidos que no necesariamente eran agua.
    Otros paisajes extraterrestres que pintaba eran, según lo veía Eric, más tópicos, como los de mundos bañados en la penumbra sanguinolenta de un débil sol rojo, o parajes de astros sin atmósfera dominados por firmamentos abarrotados de estrellas y nebulosas. 
    La serie dedicada a ese planeta resplandeciente le parecía mucho más original, la sentía como algo personal y difícil de imitar, despertaba con mayor fuerza sus ansias de pintar y estimulaba más su creatividad. Por eso era también la más pródiga en número de cuadros.
    Nadine le hizo infinidad de preguntas sobre aquellos cuadros de la serie favorita de ambos. Algunas encajaban en los apartados de Cómo, Por Qué, Cuándo y Dónde. Otras eran tan enrevesadas que le resultaba difícil entenderlas y debía pedirle a ella explicaciones adicionales. En algunos momentos, le pareció una psicóloga intentando psicoanalizarle a través de su arte. 
    Había preguntas previsibles, como la de si tenía estudios universitarios de bellas artes, astronomía, geología, meteorología u otras ciencias útiles para darles realismo a sus paisajes imaginarios. Por motivos económicos y familiares, Eric tan solo pudo estar escolarizado el tiempo mínimo obligatorio por ley, y así se lo confesó a Nadine. Ella se sintió impresionada de que sin el respaldo de estudios estratégicos fuera capaz de elaborar paisajes tan "convincentes" según el adjetivo que ella empleó.
    Otras preguntas le resultaron más inesperadas, como si tenía la sensación de haber visto antes esos paisajes en sueños o pesadillas. A esta, como a otras, no supo que responder. Simplemente, esos paisajes existían en su imaginación, y no estaba seguro de si procedían del consciente, del subconsciente o de ambos.
    Lo que más parecía intrigarle a Nadine era el proceso por el cual él podía "visualizar en su mente" los lugares de aquel mundo imaginario o hacer brotar de manera intuitiva cada rasgo a medida que elaboraba los diversos elementos de la imagen.
    Sentados muy cerca el uno frente al otro, en la pequeña mesa del rincón más discreto en el salón de té, aquellas cuatro horas pasaron volando para Eric, e intuyó que también para Nadine, pese a que fue ella quien, mirando de repente su reloj, se asombró de lo tarde que ya era, y dio por concluida la cita.
    Le acercó en coche a su pensión y antes de despedirse, le propuso que volvieran a verse al día siguiente. Eric aceptó, sintiendo que su relación con Nadine entraba en una nueva fase.

 

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    Durante las tres semanas siguientes, se vieron casi a diario. Ella le invitaba a comer o a cenar, y pasaban varias horas conversando. Eric se sentía un tanto incómodo al ser siempre ella quien pagaba todas las consumiciones en los establecimientos donde se reunían. Pero no podía negarse a sí mismo que ello aliviaba mucho su maltrecha economía. Resultaba obvio que Nadine era una mujer acomodada, de clase media o incluso alta, y consciente de las dificultades por las que él atravesaba. Eric valoraba la delicadeza con la que ella evitaba abordar el tema; Nadine sostenía que un artista se merece el trato de favor de quienes aman su arte, y esa era la justificación que usaba para no aceptar que él la invitase.
    En esas tres semanas, ella le compró muchas más pinturas. Insistió en pagar el mismo precio pese a que las deseaba sin marco. Eric le mostraba las imágenes en su ordenador portátil, y ella escogía las que deseaba para la próxima entrega.
    En aquellas deliciosas veladas, conversaron de arte, de la vida, de la muerte, del amor, y de muchos otros temas trascendentales. Él descubrió en ella a una mujer de personalidad fascinante, que parecía haber vivido mucho y conocer hasta el fondo la naturaleza humana. 
    Sin embargo, pese a que sintió que en algunos aspectos ella desnudaba su alma ante él, su halo de misterio no desaparecía. Eric no tuvo reparos en narrar a grandes rasgos cuál había sido su vida hasta el momento. En cambio, Nadine no le había contado casi nada de su vida. 
    Del plano sentimental, solo le explicó que su novio murió "muchos años atrás", y que desde entonces no había vuelto a enamorarse de nadie, teniendo solo amantes ocasionales, exclusivamente para sexo.
    Del ámbito familiar, sabía que ni su padre ni su madre vivían ya, que estaba enemistada con sus escasos parientes, y que hablar de su familia le resultaba desagradable, por lo que él, por cortesía, no sacaba a conversación ese tema.
    Tampoco tenía claro a qué se dedicaba. "Gestionar inversiones". Pero no parecía estar sujeta a ningún horario laboral. Daba la impresión de ser alguien con la vida ya resuelta, como por ser heredera de una gran fortuna o haber tenido mucho éxito en el mundo de los negocios. Algunos de sus comentarios sugerían que se había beneficiado de ambas circunstancias, una herencia familiar considerable, y haber sabido hacer buenas inversiones con parte de ese capital.
    Por curiosidad, probó a buscar su nombre en internet, por si aparecía algún dato, pero no encontró nada relacionable con ella.

 

Capítulo 2: LA MECENAS MISTERIOSA
Capítulo 3: EMPEZANDO UNA NUEVA VIDA JUNTOS
Capítulo 4 (parcial): LA HABITACIÓN PROHIBIDA
Varios fragmentos representativos de otros capítulos
Sobre la novela y su autor, acceso gratis a los primeros capítulos, y dónde comprarla

 


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