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Jueves, 1 enero 2015
Ciencia-ficción

El Ojo del Artista (Jorge Munnshe) Capítulo 2

—————————— Capítulo 2 ——————————
LA MECENAS MISTERIOSA

 

    Que Nadine y Eric empezasen a flirtear era un paso lógico. Hablar de amor o de sexo lo propiciaba. Y también el carácter personal de toda producción artística; si a ella le fascinaban sus pinturas, también podía fascinarle el hombre que las había creado. Él, por su parte, se sentía seducido por la personalidad de Nadine, por su bien cuidado físico, y también por la esperanza de poder salvarse del naufragio que tanto le angustiaba gracias a estar bajo la protección de ella.
    A veces, cuando se sentaban juntos, y accidentalmente una pierna de uno tocaba la del otro, ninguno la apartaba, y permanecían así largos ratos mientras dialogaban mirándose a los ojos sin desviar la mirada ni un instante.
    Varios obsequios que, según las palabras textuales de Nadine, ella le hizo "por amistad", consistentes en prendas de ropa de las que él andaba escaso y en las que ella no escatimó dinero a juzgar por las marcas comerciales que ostentaban las etiquetas interiores de tela, se le antojaron a Eric el equivalente de un ramo de flores en el juego del cortejo. Al aceptarlos, quedaba, de algún modo, en deuda con Nadine. 
    Y la manera en que a ella más le gustaría que él le mostrase su agradecimiento, ya se la podía imaginar, sobre todo con comentarios de Nadine como "Hacer el amor con desconocidos me resulta demasiado frío; en cambio cuando es alguien con quien tengo amistad sí me siento inclinada a hacerlo", que expresado con sus pupilas clavadas en las de él y una sonrisa sugerente, era casi como una propuesta directa.
    A ambos les apetecía. Por eso, cuando comenzaron a abordar el tema, primero con insinuaciones y luego de modo abierto, ninguno se sintió sorprendido por la actitud del otro. Intercambiarse los primeros besos, abrazos y caricias, resultó del todo natural. 
    La primera vez que hicieron el amor fue en una habitación de hotel, pagada también por ella.
<NOTA: EN LA NOVELA, AQUÍ VAN DOS PÁGINAS QUE EN ESTA MUESTRA OMITIMOS DEBIDO A SU CONTENIDO SEXUAL EXPLÍCITO>
    Después de una decena de encuentros íntimos, parecía claro que ya tenían en marcha una relación de pareja. Quizás por eso, Nadine abordó la cuestión durante una cena, que concluía una de esas citas:
    —Tengo para ti dos ofertas. Una es laboral y la otra es de carácter personal.
    »La laboral consiste en que deseo obtener los derechos en exclusiva de las pinturas de las que te he comprado copias, y también de otras de la misma serie que vayas elaborando. Fija tú el precio. El periodo de vigencia para cada cuadro lo podríamos establecer en diez años, renovable por el mismo precio más un incremento del quince por ciento. La cesión implicaría que esas imágenes ya no podrías publicarlas ni difundirlas de ningún modo. Ello incluye no vender copias a nadie, no colgar miniaturas en internet, ni divulgarlas de ningún otro modo. Este es un punto importante y confío en que lo cumplirás, y también el espíritu del acuerdo, es decir que no distribuirás versiones retocadas de las imágenes de las que yo adquiera los derechos de explotación.»
    La sorpresa de Eric era mayúscula. No imaginaba tener en Nadine a la representante de alguna empresa que pudiera requerir contratar profesionalmente arte de temática fantástica. Y, de repente, se le abría la puerta al mundillo profesional con la que tanto había soñado; por discreta que fuese la cifra por pintura, la suma total bien podía equivaler al salario medio profesional de uno o dos años. Y concentrándose a partir de ahora en aquella serie, podía vivir de su arte.
    Nadine, viendo sin duda, lo excitado que se había puesto Eric, puso una mano sobre su brazo en tono relajante:
    —No decidas nada ahora. Piénsalo con calma, y mañana ya me lo dirás.
    —No me imaginaba que... Esta es una oportunidad de oro para mí. 
    Él dejó de sonreír al reparar en un posible inconveniente:
    —Bueno, no todas las imágenes de la serie son inéditas...
    Ella sonrió con gesto condescendiente, sin dejarle proseguir:
    —Ya sé que de algunas has vendido copias a personas, y que tres las tienes en una página tuya de internet y en otras cuatro. No hay inconveniente. Las copias vendidas a personas, vendidas están y ya nada puede hacerse. Las miniaturas de tu página las retiras. Y sobre las de las otras, les pides a quienes las gestionan que las borren; si no te hiciesen caso, ya habrá quien se ocupe del tema.
    —No puedo garantizar que alguien que haya tenido acceso a esas imágenes no las reproduzca sin mi permiso en alguna parte.
    —No te preocupes. Si alguien publica una de esas imágenes, yo lo sabré enseguida, será retirada ipso facto, y habrá consecuencias serias para los responsables.
    —Muchas gracias, Nadine. Ya te puedo adelantar que acepto encantado.
    —Bueno, mañana me lo confirmas y ya hablaremos de los detalles. Ahora quiero hacerte otra proposición. Esta es más personal. Me gustaría mucho que vinieras a vivir a mi casa, para que así pudiésemos hacer vida de pareja. Soy muy feliz a tu lado, y creo que tú también te has encariñado conmigo. No sé a dónde nos puede acabar llevando nuestra relación, pero si te atreves a explorarlo, haremos juntos ese viaje. No habrá ataduras legales de ningún tipo; serás libre en todo momento para salir de mi vida si así lo decides algún día. No me respondas tampoco ahora. Medítalo y mañana me comunicas tu decisión.
    —Es una oferta muy bonita y la acepto encantado. Gracias por todo, Nadine, has cambiado mi vida.
    —Tú también has cambiado la mía.
    Unieron sus manos y permanecieron unos instantes en silencio, mirándose a los ojos. 
    —Y, por cierto, ¿para qué empresa son las pinturas? ¿En qué las van a utilizar?
    Nadine tardó un poco en responder:
    —No es ninguna empresa, sino yo misma. Y no se van a publicar. 
    La expresión de él denotó su sorpresa. Ella se explicó:
    —Actúo como una coleccionista de arte en el sentido clásico. Como sabes, lo que los coleccionistas de esa clase valoran es el lienzo original pintado a mano por el artista, no meras reproducciones. El lienzo original, como tal, es único e irrepetible. Y ahí reside su valor. Como tú pintas por ordenador, no existe ningún objeto físico que pueda considerarse único e irrepetible. Por otra parte, el documento informático original tampoco es más relevante que cualquiera de sus copias, y no difiere de ellas en nada, al menos en términos artísticos.
    »Pero poseer una imagen electrónica en exclusiva, sin que nadie esté autorizado a reproducirla en ninguna parte, ni tan siquiera a poseer una copia para uso personal, eleva esa imagen a la categoría de objeto único. Quiero ser la única espectadora de esas pinturas tuyas. Que nadie más que no sea yo, o tú como su creador, pueda verlas jamás.» 
    Eric se sentía un poco desconcertado y desilusionado. Con la oferta de Nadine no ascendería al mundo de los ilustradores profesionales de revistas, libros, discos y demás. Seguiría vendiendo cuadros a un particular. Podía ver a Nadine como una coleccionista, y hasta como su mecenas, pero también como alguien que le pagaría dinero para que retirase de la circulación sus mejores cuadros.
    Pintar para una única persona se le hacía extraño. Las nuevas pinturas que elaborase de la serie que a él más le motivaba, permanecerían en las tinieblas, como también muchas de las anteriores. No es que necesitara del reconocimiento público para seguir pintando, pero ese amor tan posesivo de Nadine hacia su arte se le antojaba un tanto vampírico, ya que cortaría de raíz cualquier posibilidad suya de ganar prestigio como autor de esos cuadros, y por tanto de incrementar sus posibilidades de ganarse la vida como pintor sin tener que depender de ella. 
    Por suerte, la necesidad de renovar periódicamente el contrato le permitía ponerle punto y final si algún día decidía que prefería hacer públicas sus obras, aunque parecía poco probable que alcanzase fama suficiente como para que ese paso valiera la pena. De hecho, lo más seguro era que sin la ayuda de la Dama Misteriosa jamás llegara a ganarse la vida con la pintura, de modo que el trato que ella le ofrecía era lo más parecido a un empleo estable como pintor. Se consoló pensando que bastantes artistas de la antigüedad se sustentaban de este modo; algún aristócrata se sentía impresionado por su arte y se convertía en su mecenas. Nadine, sin duda una mujer muy adinerada aunque procurase no hacer ostentación de ello, sería su mecenas. No trabajaría para ninguna empresa, sino para ella.
    Tampoco podía descartar que, aún gustándole sus cuadros, el verdadero móvil de la oferta laboral fuera asegurarse de que él le siguiera prestando por tiempo indefinido otro tipo de servicios, que acaso valoraba más que su creatividad artística. Quizá ella, para evitar ofenderle con una propuesta cruda y dura de pagarle un sueldo como amante, había optado por esa fórmula del mecenazgo. Le era fácil deducir, y de hecho algunos comentarios de Nadine así lo daban a entender, que ambas ofertas, la laboral y la personal iban estrechamente unidas. Él prefería pensar que eso se debía a que ella hallaba difícil separar la fascinación que sentía hacia su pintura, de la que sentía por su creador. Ella sin duda asumía que el arte es siempre una manifestación muy íntima del artista, y que si se convertía en su mecenas debía también ser su amante. 
    Nadine le propuso que fuese a pasar unos días a casa de ella, aprovechando los inminentes días festivos navideños, con el fin de conocer mejor qué tipo de vida podía esperar llevar a su lado. Y ya le adelantó lo que se encontraría al respecto.
    —Soy una persona solitaria. Y supongo que excéntrica. He organizado mi vida cotidiana de un modo muy concreto que prefiero no tener que cambiar. Y tengo hábitos que te pueden resultar chocantes. Pero creo conocerte lo suficiente como para prever que encajaremos sin dificultades serias. A ti no te interesa mucho la vida social, ni tienes parientes o amigos con quienes te relaciones, y eso nos ahorrará muchos problemas, porque soy una persona muy reservada. Aparte de contigo, ahora no me relaciono con nadie en absoluto.
    —¿Ni con alguna amiga de confianza?
    —No tengo amigos o amigas. Ni me interesa tenerlos. 
    »Por otra parte, y prefiero decírtelo ya, no puedo tener hijos. Tampoco quiero adoptarlos. No es que no me gusten, sino que sé que no los criaría como es debido, y no es un temor subjetivo, te lo aseguro.
    »No salgo nunca de casa si no es para hacer gestiones ineludibles que requieran mi presencia física. En una de esas ocasiones, fue cuando te descubrí. No salgo a pasear, ni voy a fiestas, espectáculos, excursiones, viajes turísticos, ni reuniones de ninguna clase. No te exijo que hagas lo mismo, aunque agradeceré que pases el mayor tiempo posible conmigo.
    »No recibo visitas de nadie, como no sea por motivos técnicos como por ejemplo para reparaciones. No traigas ni invites jamás a nadie a mi casa.
    »No le cuentes nunca a nadie nada sobre mí. Cuanto menos se sepa que me conoces, mejor. Y no pienses que te pido esto porque me avergüence nuestra relación; estoy orgullosa de tenerte a mi lado. Pero nuestra relación nos atañe solo a ti y a mí, y si la gente se inmiscuye podemos tener problemas; sé de lo que hablo.
    »Será inevitable que haya gente que nos vea juntos, como ya ha sucedido en todas estas citas, o que te vean entrar y salir de mi casa, pero no debemos permitir que sepan más de nosotros. Si algún vecino de la urbanización te pregunta abiertamente, les dices que eres amigo mío, y no les des más detalles.»
    Eric iba asintiendo con la cabeza, sin saber muy bien qué decir. Algunas de las condiciones que le imponía ella le parecían extrañas e incluso un tanto abusivas al forzarle al secretismo sobre su vida en común. Podía hacerle muchas preguntas sobre los motivos de tales exigencias, pero por su experiencia con Nadine ya tenía claro que si ella no se los estaba explicando, también eludiría responder a sus preguntas.
    —Otra cuestión... Para mí, dormir y hacer el amor son cosas muy distintas. Dormiremos siempre en habitaciones separadas. Podemos hacer el amor en tu cuarto o en otros lugares de la casa, preferentemente de día y no de noche. 
    Eric le habría dicho que él no roncaba, y que no le importaba si ella lo hacía, pero el tono imperativo de Nadine dejaba bien claro que su decisión ya estaba tomada y era irrevocable. Así que asintió con la cabeza, sin tampoco saber qué decir. Le pareció un requisito un tanto raro, propio quizá de una solterona maniática, con costumbres convertidas en normas después de años de dormir sola.
    A continuación, con buenas palabras, pero inequívocas, Nadine le dio a entender que no aceptaría que viviera con ella si no respetaba de manera estricta esas exigencias. 
    Eric sintió que Nadine le había expuesto un Reglamento y las sanciones por incumplirlo.
    Quizá para romper el hielo que ella debía intuir que se había formado entre ambos después de recitarle de modo tan claro y pragmático lo que le exigía a él, Nadine posó su mano sobre la de Eric y le dedicó la mejor de sus sonrisas:
    —Eres lo más maravilloso que me ha ocurrido en muchos años. Y nunca he conocido a nadie como tú. Por eso, valoro muchísimo nuestra relación; y si aceptas venir a vivir conmigo, te lo demostraré cada día que pasemos juntos. Te compensaré por tener que soportar mis... excentricidades; lo haré entregándome por completo a ti y desviviéndome por hacerte feliz. 
    »Sí, ya sé, soy una mujer rara. Mi vida también lo ha sido. Te ruego que tengas paciencia conmigo. Con el tiempo, aprenderé a abrirme a ti, y compartiré contigo mis secretos más íntimos.»
    Se despidieron hasta la tarde del día siguiente.

 

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    Durante gran parte de la noche, y también por la mañana, Eric estuvo reflexionando sobre las dos facetas de la oferta de Nadine.
    Tenerla como jefa y amante a un mismo tiempo era delicado, porque resultaba muy probable que si perdía a una también perdiese a la otra. 
    Amor y Arte mezclados pueden dar como resultado un sabor amargo. Si su relación de pareja se deterioraba por problemas de convivencia, quizá ella empezase a aborrecer su pintura. Si ella algún día conocía a otro pintor que la fascinase más, eso también podía acabar con su idilio. Si la inspiración se le agotaba, ella podía dejar de sentirse atraída por él. 
    Creía haber conquistado el corazón de Nadine, aunque ella no le había hablado de formalizar legalmente su unión si su relación de pareja seguía funcionando bien después de un tiempo prudencial. Quizá no tuviera intención de hacerlo nunca. La razón podía ser que ella no le quería de verdad sino que era para ella el típico artista joven, apasionado y guapo, contrapunto perfecto del marido ejecutivo de mediana edad, con el que vivir a tope durante unos meses una aventura dominada por el sexo y decorada con el glamour de la pintura. 
    Eric se inclinaba más a creer que Nadine sí había puesto afecto en él, pero que le costaba confiar en los hombres. Era fácil suponer que ya había pasado por la experiencia amarga de algún marido que se divorció de ella y que obtuvo ganancias económicas suculentas a su costa, como les ocurre a otras personas millonarias víctimas de cazafortunas.
    Era consciente de que Nadine y él no serían una pareja normal. No se trataba tan solo de la diferencia de edad y de poder económico. Ignoraba demasiadas cosas sobre ella. De hecho, este era el principal escollo que él preveía en su relación; compartiría su vida con un fantasma.
    Pero en sus actuales circunstancias personales, no solo ninguna otra mujer competía con Nadine por su corazón, sino que, y aunque le resultase humillante admitirlo, su desastrosa situación económica y el incierto futuro que se cernía sobre él, hacían que irse a vivir a casa de ella como su compañero sentimental fuese el único modo de evitar que su vida naufragase.

 

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    Por la tarde, al reunirse con Nadine, le ratificó que aceptaba sus proposiciones. 
    Cuando, al preguntarle ella sobre el precio de los derechos en exclusiva por pintura y década, él respondió con la cifra, modesta, que le había parecido adecuada dada su relación con Nadine, temía que ella pudiera juzgarla excesiva y le considerare un aprovechado. Sin embargo, Nadine sonrió como si hubiera escuchado una afirmación ingenua, y argumentó que aunque le agradecía sus buenas intenciones, no podía aceptar por ética una tarifa tan baja, y que le pagaría el triple.
    Eric se sintió un tanto incómodo y sorprendido ante lo que consideraba un importe excesivo, pero tampoco podía evitar que la alegría inundase su corazón. Con ese nivel de remuneración, pintar para Nadine no solo era un empleo en toda regla, sino además un buen empleo. Por vez primera, en muchos años, sintió que no iba a naufragar, y que el futuro ya no le asustaba. 
    Para el primer pago, el de los derechos correspondientes a las pinturas ya realizadas, ella le haría ese mismo día una transferencia bancaria. Los sucesivos pagos, por los cuadros que fuese terminando, se los entregaría en efectivo. Nadine no quería papeleo de ningún tipo en lo que se refería a ella. Ni siquiera quería que firmasen ningún contrato escrito; le bastaba con la palabra de él. Eric asumió que esa confianza sin reservas derivaba de la relación íntima entre ambos.
    A la mañana siguiente, Eric comprobó, accediendo por internet al saldo de su cuenta bancaria, que el importe ya estaba transferido. Contemplar aquella cifra, que equivalía a un salario medio de cuatro años incluyendo seguridad social como trabajador autónomo, fue para él como ver el cielo despejado después de años de tempestad. Una sensación inmensa de alivio, seguridad y bienestar le invadió. La angustia de no saber qué sería de él a corto plazo, el miedo a la indigencia que tanto llegó a atormentarle, y la sensación de desprotección total frente a la vida, se retiraban muy lejos, como la oscuridad nocturna barrida por el alba. Y eso se lo debía a Nadine.
    Le extrañó, no obstante, que el nombre de ella no figurase como remitente de la suma, ni se indicara en ningún otro apartado. Como remitente, constaba lo que parecía una compañía financiera. Buscó datos sobre esa empresa suiza en internet, y lo que encontró le confirmó que se dedicaba, desde mucho tiempo atrás, a gestionar transferencias de alta seguridad, mayormente internacionales. El aire austero de las explicaciones sobre sus servicios y hasta el del propio diseño de su página web, le pareció el más indicado para una empresa en la que sus clientes busquen la máxima discreción. La necesidad de recurrir a una compañía intermediaria y pagar más comisión, en vez de hacer una transferencia de banco a banco, podía deberse a varias razones. La más oficial, la única que se indicaba en la web de la compañía, era obtener seguridad extra en transferencias de sumas elevadas, sobre todo en las realizadas por el propio usuario vía internet, y agilizar los trámites burocráticos asociados al movimiento internacional de grandes capitales. Pero resultaba obvio que permitía la circulación de fondos entre naciones en las que una ruta directa no sería posible por impedimentos diplomáticos o de otro tipo.
    Supuso que aquellos servicios, aunque legales, debían ser usados muy a menudo, con más o menos trapicheos, por los poseedores de cuentas en paraísos fiscales, o por multimillonarios que por alguna razón preferían permanecer tras el telón en las operaciones bancarias.
    El aire de secretismo financiero que ahora percibía en Nadine no le sorprendía ya demasiado, teniendo en cuenta el denso vaho de misterio que emanaba de muchas otras facetas de su persona.

 

Capítulo 1: AL BORDE DEL NAUFRAGIO
Capítulo 3: EMPEZANDO UNA NUEVA VIDA JUNTOS
Capítulo 4 (parcial): LA HABITACIÓN PROHIBIDA
Varios fragmentos representativos de otros capítulos
Sobre la novela y su autor, acceso gratis a los primeros capítulos, y dónde comprarla

 


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