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Jueves, 1 enero 2015
Ciencia-ficción

El Ojo del Artista (Jorge Munnshe) Varios fragmentos representativos de otros capítulos

VARIOS FRAGMENTOS REPRESENTATIVOS DE OTROS CAPÍTULOS

 

    Creo que nada de lo que diga sobre La Pintura hará justicia a lo mucho que me ha dado. La primera vez que derramé lágrimas ante un cuadro, hechizada por tanta belleza, no entendía por qué lloraba. No había nada de triste en lo que veían mis ojos, como sí lo había en las tragedias escritas que leía o en las representadas en teatros a los que acudía. ¿Acaso tenían magia los cuadros?, llegué a plantearme. Me costó comprender que la belleza puede tener ese efecto psicológico sobre los humanos. Una melodía bonita, no necesariamente triste, un paisaje majestuoso, que ni siquiera se parece a alguno real de nuestros recuerdos que pueda despertar nostalgia, y otras manifestaciones artísticas, activan resortes emocionales a través de un mecanismo que nunca nadie ha podido explicar de forma satisfactoria. (…)
    El Arte me dio una nueva vida.

 

(…)

 

    Explorar hasta su cima las pasiones humanas por antonomasia, las que se desencadenan entre amantes y que están en la esencia de la condición humana, era un paso ineludible en la aventura para la que me consideraba preparada. Mentiría si dijera que las exploré de manera controlada. Cuando una pasión puede ser controlada, ya no es una pasión. Experimentar las pasiones implica pues no poder dominarlas, introducirte sin cuerdas de seguridad en sus torrenciales aguas y dejar que estas te arrastren. Las pasiones no se catan como vinos; las pasiones se viven. No hay otro modo de conocerlas. (…) Quise peregrinar por todos los caminos del deseo. Abrir todas y cada una de las puertas del erotismo humano y entregarme sin límite alguno a lo que encontrase tras ellas. Alcanzar la cúspide de las pasiones humanas más bellas. 

 

(…)

 

    Implicarme hasta el fondo de mi ser en asuntos sociales y políticos de la humanidad era inevitable. Como supongo que también lo era cometer los mismos errores que tantos soñadores que creyeron poder cambiar el mundo han cometido antes y después de mí.
    Acaso los escritos de Voltaire y de otros me llegaron más hondo de lo que yo me podía permitir por mi naturaleza y por mi estatus en la Tierra.
    O quizás tomé como referencia a Juana de Arco en demasiados aspectos del tipo de mujer que creí poder llegar a ser.
    Fuese como fuese, mi conciencia me decía que no podía permitir que una civilización capaz de crear algo tan sublime como El Arte se abstuviera de aplicar a su modelo de sociedad el mismo concepto espiritual subyacente en sus más grandes obras artísticas, esas que me hacían derramar lágrimas sin que hubiera nada triste en ellas. Una civilización capaz de engendrar a un Miguel Ángel, a un Leonardo da Vinci, a un Bach, a un Platón, y a tantos otros, no merecía ser gobernada del modo tan mezquino que por regla general ha prevalecido durante la historia humana.
    Mi sueño, que alguien definió como un mundo gobernado por los poetas, era pura utopía, pero creí que quizás sí podía lograrse si yo le dedicaba todos mis esfuerzos.

 

(…)

 

    Aquel aciago día, tras mi acto contra los míos, unas nubes negras como la noche ocultaron para siempre el sol en mi alma y estalló en ella una tempestad perpetua. Cuando tuviera mi mente volcada en cosas que me apasionasen, como el arte o el sexo, la tormenta amainaría un poco a ratos, pero nunca cesaría. La tranquilidad de espíritu ya no volvería a tenerla jamás. Los truenos, los relámpagos, el vendaval y el diluvio conformarían a partir de entonces el paisaje de mi alma. A lo largo de más años que los de una vida humana normal, arrastraría como cadenas mis remordimientos de conciencia por lo que hice. (…) Durante algún tiempo albergué la esperanza de que quizás El Arte podría redimirme. Si yo era capaz de derramar lágrimas ante un cuadro, unos versos o una melodía, acaso no era tan malvada como parecía. El arte no me redimió pero sí me ayudó a anestesiar esa visión terrible sobre mí misma que me persigue desde aquel día. Aunque a veces las alusiones a ángeles caídos en las obras artísticas me hacían daño porque esos personajes me recuerdan demasiado a mí misma. También busqué refugio en los sentimientos humanos más bellos. Sentirme querida en brazos de un amante, aunque ignorase casi todo sobre mí y le moviera más el deseo físico que el afecto, era un bálsamo para mis remordimientos de conciencia. Reflejada en sus palabras de amor, me veía maravillosa en vez de horrible.

 

(…)

 

    Muchos eran los temores que circulaban por la mente de Eric en aquellas horas tan decisivas. Aparte de los específicos sobre las diversas cosas obvias que podían salir mal, una duda global sobre su acto le roía cada vez más: ¿Estaba cometiendo una locura? (…) Probablemente estaba tirando por la borda su vida. Y no solo porque pudiera arruinarla de manera grave, sino también porque podía perderla. (…) En vez de escoger el camino de una vida tranquila y feliz, se embarcaba en una tenebrosa aventura que en más de un sentido se parecía al proceso que lleva al típico artista maldito a suicidarse. Comenzaba a entender, con miedo, que él encajaba demasiado bien en el perfil del artista maldito. Toda su vida había sido turbulenta, y ahora era probable que se acabara autodestruyendo con esta aventura que podía conducirle a la muerte o a algo peor.(…)
    Su papel de guerrero en la batalla que se avecinaba era simbólico, por supuesto. No sabía artes marciales, ni poseía armas, ni entendía de estrategias de combate.
    Solo era Un Artista.
    Y su única arma era La Imaginación.

 

Capítulo 1: AL BORDE DEL NAUFRAGIO
Capítulo 2: LA MECENAS MISTERIOSA
Capítulo 3: EMPEZANDO UNA NUEVA VIDA JUNTOS
Capítulo 4 (parcial): LA HABITACIÓN PROHIBIDA
Sobre la novela y su autor, acceso gratis a los primeros capítulos, y dónde comprarla

 


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