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Martes, 12 mayo 2015
Psicología

Los inmigrantes latinoamericanos poseen un ‘clima social’ más favorable a la violencia de pareja

En España, la violencia de pareja contra la mujer constituye un importante problema social y de salud pública. Según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad español, del 1 de enero de 2003 al 28 de febrero de 2015, 770 personas han sido víctimas mortales de violencia de género. Además, un tercio de las mujeres víctimas son inmigrantes y en torno al 25% de los penados por un delito de violencia de género no han nacido en España.

 

Existen numerosos estudios que señalan tasas más elevadas de violencia contra la mujer en las relaciones de pareja entre inmigrantes latinoamericanos que en las tasas presentadas por la población autóctona española.

 

Una investigación reciente de la Universidad de Valencia (UV) y la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) ha analizado las diferencias existentes entre hombres latinoamericanos inmigrantes y españoles condenados por violencia contra la mujer, en relación a sus actitudes hacia la violencia, atribución de responsabilidad, sexismo y riesgo de reincidencia al inicio de un programa de intervención con maltratadores.

 

Para ello, entrevistaron a 278 hombres que habían finalizado este programa por estar penados por violencia conyugal (211 españoles y 67 inmigrantes latinoamericanos).

 

“Nuestros resultados indican que antes de iniciar la intervención existe una diferencia en la percepción de gravedad hacia la violencia contra la pareja entre agresores españoles e inmigrantes latinoamericanos. Estos últimos perciben menos graves algunas situaciones que describen hechos violentos entre una pareja”, declara a Sinc Marisol Lila, del departamento de Psicología Social de la UV y coautora del estudio que publica la revista Psychosocial Intervention.

 

Además de las diferencias en la percepción de gravedad, el trabajo apunta que la muestra presentaba diferencias en relación a la edad, nivel de estudios y nivel de ingresos, variables que fueron controladas a través de los análisis estadísticos.

 

“Los inmigrantes latinoamericanos, en comparación con los españoles, eran más jóvenes, tenían un nivel de estudios superior y un nivel socioeconómico más bajo. Asimismo, su percepción de la violencia contra la mujer en las relaciones de pareja parecía un hecho menos grave, culpabilizaban más a la víctima, mantenían una actitud de mayor aceptabilidad de la agresión y puntuaban más en sexismo benevolente”, añade Lila. Por el contrario, no se encontraron diferencias significativas en sexismo hostil, en la atribución de responsabilidad o en el riesgo de reincidencia.

 

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Existe un clima social de aceptabilidad entre la población inmigrante latinoamericana al mostrar una mayor tolerancia hacia la violencia, una mayor tendencia a culpabilizar a las mujeres víctimas y una menor percepción de la gravedad de los casos. (Foto: Olmo Calvo (Sinc))

 

Estos datos implican que existe un clima social de aceptabilidad entre la población inmigrante latinoamericana al mostrar una mayor tolerancia hacia la violencia, una mayor tendencia a culpabilizar a las mujeres víctimas y una menor percepción de la gravedad de los casos de violencia contra la mujer en las relaciones de pareja. Por lo tanto, contribuye a explicar las mayores tasas de violencia de pareja entre la población latinoamericana en España.

 

A pesar de las diferencias al inicio del programa de intervención entre agresores latinoamericanos y españoles, ambos grupos presentaron cambios positivos en la mayoría de las variables evaluadas al finalizarse la iniciativa.

 

 

“La muestra general presenta un incremento en la percepción de gravedad de la violencia contra la pareja y una disminución en variables que la legitiman, tales como la culpabilización a la víctima y el sexismo (hostil y benevolente)”, señala la investigadora.

 

Estos resultados indican que el programa es igualmente efectivo en relación a las percepciones, actitudes, creencias y riesgo de reincidencia para ambos grupos de agresores, confirmando las conclusiones obtenidas en investigaciones anteriores, tanto en España como en EE UU, en las que no se han encontrado diferencias en la efectividad de la intervención entre grupos culturalmente heterogéneos.

 

“Concluimos que el programa es eficaz para ambos grupos culturales a pesar de la diferencia inicial y, por lo tanto, no existiría la necesidad de adaptarlo para la población de agresores inmigrantes latinoamericanos específicamente o de distribuirlos en grupos según la procedencia”, enfatiza Lila.

 

El programa de intervención para agresores de violencia de género tiene una duración aproximada de nueve meses, y consiste en sesiones grupales semanales. Las distintas actividades se centran en las variables que, según las investigaciones científicas, tienen un papel importante en la conducta violenta de los hombres que agreden a sus parejas.

 

Se basa en el modelo ecológico, es decir, se plantea diversos niveles de análisis y de intervención: personal, interpersonal, social y macrosocial. Por lo tanto, todas las actividades se relacionan con alguno de estos niveles.

 

“Así, por ejemplo, trabajamos la asunción de responsabilidad, las habilidades para el manejo de las emociones, la autoestima, el control de la ira y el estrés, la relación de pareja y los hijos, el apoyo social, los roles de género, las actitudes sociales hacia la violencia contra la pareja, entre otras”, explica Lila.

 

Además, desde el año 2011 se ha implementado un nuevo protocolo de intervención que incluye un plan motivacional individualizado, con el objetivo de aumentar la incitación al cambio y la alianza terapéutica, de forma que se incremente la eficacia del programa.

 

“En general, los hombres que agreden a sus parejas utilizan una serie de mecanismos que les permiten manejar el sentimiento de culpa y justificar lo que han hecho. Uno de estos mecanismos es externalizar la culpa, ya sea en la ley, la situación contextual de ese momento o en la víctima, argumentando, por ejemplo, la conducta de esta como causa de la violencia. Los datos de los que disponemos no nos permiten identificar una definición de las víctimas por parte de uno u otro colectivo”, concluye la científica. (Fuente: SINC)

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