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Martes, 29 septiembre 2015
Medicina

Las metástasis cerebrales podrían necesitar un tratamiento distinto al del tumor primario

Una de las más recientes certezas que se tienen sobre la biología de los tumores es que en muchas ocasiones evolucionan de forma vertiginosa. Tal capacidad de adaptación, dificulta su tratamiento, ya que no solo les permite esparcirse por el organismo: también les sirve para generar resistencias, como las bacterias hacen frente a los antibióticos.

 

Por ello, cada vez más investigaciones se dirigen a estudiar estos comportamientos. La última de ellas ha sido presentada en el Congreso Europeo del Cáncer (ECC, por sus siglas en inglés), que se celebra estos días en Viena (Austria). Un encuentro de enfoque multidisciplinar que reúne a cerca de 18.000 profesionales de diferentes ámbitos relacionados con la oncología.

 

El nuevo trabajo, llevado a cabo por investigadores del Massachusetts General Hospital (MGH), en Boston (EEUU), ha estudiado las características genéticas de casi un centenar de metástasis cerebrales, comparándolas con las de su tumor de origen. ¿Las conclusiones? Aunque comparten un ancestro común, las metástasis evolucionan de forma independiente.

 

“Las metástasis cerebrales son una complicación devastadora del cáncer”, ha indicado en una conferencia de prensa Priscilla Brastianos, directora del programa de metástasis cerebrales en el MGH y primera firmante del trabajo, publicado en la revista Cancer Discovery. Al menos el 10% de los pacientes con cáncer desarrolla una metástasis cerebral y apenas hay tratamientos eficaces, por lo que su esperanza de vida suele reducirse drásticamente.

 

“Incluso cuando el tratamiento consigue controlar el tumor en el resto del cuerpo, las metástasis cerebrales generalmente siguen creciendo rápidamente”, señala Brastianos.

 

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Una de las hipótesis que tratan de explicar esta diferente respuesta sostiene que el problema está en la llegada de los fármacos al cerebro, muchos de los cuales apenas pueden atravesar la llamada barrera hematoencefálica, un mecanismo de protección contra posibles tóxicos con el que los vasos sanguíneos salvaguardan a las células cerebrales. “Pero esa hipótesis es muy controvertida”, sostiene Brastianos.

 

De hecho, “también se piensa que las metástasis cerebrales contribuyen a perforar esa barrera”, apunta a Sinc. Otra hipótesis es que, en su evolución, las células de las metástasis adquieren nuevas características, por lo que lo que funciona en el tumor de origen no tiene por qué hacerlo en ellas.

 

Para añadir algo de luz, los investigadores obtuvieron muestras de 86 pacientes con metástasis cerebrales, tanto de las propias metástasis (disponibles porque suelen ser motivo de cirugía) como del tumor de origen (sobre todo de pulmón, pero también de mama y de riñón) y de tejido sano. Tras secuenciar su información genética, trazaron un ‘mapa evolutivo’ que les permitió comprobar lo que ya se suponía, que los tumores seguían una evolución llamada divergente, en la que las células metastáticas provienen de un clon del tumor original con el que comparten una gran parte de características, pero que también cambian de forma independiente, añadiendo una importante cantidad de nuevas mutaciones.

 

Lo segundo fue estudiar si alguno de esos cambios independientes podría permitir tratamientos particulares. Observaron que hasta el 53% de las metástasis tenía mutaciones que no estaban en el tumor de origen y que se han relacionado con una mayor sensibilidad a algún tipo de fármaco. Por ejemplo, las más comunes tenían que ver con los inhibidores de las ciclinas dependientes de kinasas, fármacos que en su mayoría están aún en fase de ensayos clínicos.

 

También había mutaciones que se relacionan con una mayor sensibilidad a inhibidores de las proteínas HER2 o EGFR, fármacos que son ya parte del tratamiento de algunos tumores tan comunes como los de mama o los de pulmón. Sin embargo, eso no quiere decir que necesariamente vayan a funcionar, aunque consigan atravesar la barrera. “No sabemos si esas mutaciones son aquellas de las que depende el tumor (mutaciones driver, o conductoras). Podría ser simplemente que fueran necesarias para que las células llegaran al cerebro, pero que una vez allí los tratamientos no fueran eficaces “Para saberlo debemos hacer ensayos clínicos”, agrega Brastianos.

 

Lo que sí tiene claro la experta es que, cuando sea posible, “deberían analizarse las metástasis –algo que no suele hacerse normalmente, ya que solo se estudia el tumor primario- porque en el futuro podrían ofrecer nuevas oportunidades de tratamiento”.

 

Pero la evolución podría afectar también a las metástasis, diferenciándolas entre sí. En ese caso, ¿bastaría con analizar una sola de ellas? Eso es lo que apunta el estudio. Aunque solo pudieron analizarlo en siete pacientes, en cada uno de ellos las metástasis eran genéticamente muy similares, al menos en cuanto a las mutaciones relacionadas con fármacos, lo que implica que probablemente provienen de una misma célula (de un mismo clon) del tumor original.

 

Ese dato facilitaría los análisis que deberían realizarse. Pero aún más sencillo sería poder obtener la información de zonas menos delicadas, como los ganglios u otras metástasis. Lamentablemente, las alojadas en el cerebro parecen muy diferentes genéticamente a cualquier otro pariente tumoral fuera de él.

 

Una solución podría ser el uso de biopsias líquidas: rastrear el líquido cefalorraquídeo o simplemente una muestra de sangre en busca de ADN proveniente de las metástasis. “Es algo que también estamos estudiando”, dice la neurooncóloga, “pero aún es complicado. Necesitamos las herramientas para identificarlo con precisión y poder diferenciarlo de otras metástasis o del tumor original”, concluye. (Fuente: SINC/Jesús Méndez)

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