Lunes, 10 octubre 2011
Reportaje

La rentabilidad de la energía nuclear empeora

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Las duras lecciones impartidas por la catástrofe de la central nuclear de Fukushima Daiichi son más claras con cada nuevo informe que se hace público.

Uno de los más recientes, a cargo de Jacopo Buongiorno, profesor de ingeniería energética en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y otros ocho expertos de esa institución, enumera las cosas que no deberían haberse hecho al diseñar y construir esa central. Por otra parte, el propio Buongiorno hace referencia a la dificultad en obtener información sobre lo sucedido en dicha central y en sus alrededores. “Una gran cantidad de información que no estaba disponible cuando empezamos, ahora sí lo está. Sin embargo, hay áreas importantes sobre las que no existe información todavía”.

Buongiorno subraya que durante los primeros días del accidente hubo tres demoras importantes que aún no han sido explicadas de manera satisfactoria: la tardanza en la activación de algunas válvulas cruciales para la seguridad, el retraso en comenzar a inyectar agua en los núcleos de los reactores, y la demora en liberar gas acumulado en los edificios de contención. "No están claras las causas de dichos retrasos", enfatiza Buongiorno.

Sí está claro que unas cuantas cosas se hicieron mal, ya en el propio diseño de la central nuclear, y el equipo de Buongiorno plantea las opciones que deberían haber sido escogidas al trazar los planos de dicha central.

Los generadores de reserva para emergencias, necesarios para mantener los sistemas en funcionamiento cuando se corta el suministro externo de energía como sucedió en este caso, deberían haber estado bien separados: Uno situado en una ubicación elevada para protegerlo de las inundaciones, y el otro instalado bien abajo para protegerlo de riesgos tales como un accidente aéreo. Estos generadores también deberían haber estado alojados en compartimientos estancos, como ya lo están en muchas centrales nucleares de Estados Unidos.

El espacio entre los edificios de los reactores no puede ser tan pequeño. Debería haber sido mayor. Por ejemplo, se les habría podido separar más intercalando entre ellos las áreas de aparcamientos para vehículos, y los edificios auxiliares. Sistemas tales como los conductos de ventilación deberían haber estado también separados, para evitar una propagación con efecto dominó de los problemas de un reactor hacia el otro. Al parecer, en la catástrofe de Fukushima Daiichi, el hidrógeno que salió del edificio del reactor 3 llegó al de la unidad 4 a través del sistema de ventilación, causando una explosión allí.

Y, por supuesto, lo más obvio: No debería haberse construido una central nuclear junto al mar y en una zona de gran actividad sísmica.

Ahora están bien claros los errores que se cometieron, pero poner en práctica las lecciones aprendidas de este accidente y las que aún falta por aprender, puede llevar años, tal como advierte Buongiorno. "Nos tomó 20 años absorber por completo las enseñanzas de la central de Three Mile Island".

De modo que si ocurre lo mismo con la catástrofe de Fukushima Daiichi, lo aprendido ahora estará plenamente aplicado para el 2031. Y es fácil adivinar que para entonces el panorama energético mundial será muy distinto al actual. La energía solar y la eólica avanzan a pasos agigantados en desarrollo tecnológico y en cuota de mercado. Su agresiva expansión contrasta claramente con la situación estancada o de retroceso que vive la energía nuclear en muchos países, incluyendo su cuna, Estados Unidos, la primera nación del mundo que tuvo una central nuclear.

Y esto nos lleva a lo que muchos críticos de las centrales nucleares señalan como su Talón de Aquiles: su coste económico. La seguridad es cara. Y cuanto más segura deba ser una central nuclear, más cara será la electricidad que genere, hasta llegar al punto, acaso ya alcanzado, en que, simplemente, ya no sea rentable construirlas.

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La crisis nuclear de Japón y otros incidentes nucleares, que además causan una gran impopularidad de la energía nuclear en la población, hacen que la construcción de nuevos reactores nucleares, que ya ha sido poco rentable últimamente en las economías de mercado, sea aún menos atractiva, y en ese sentido es muy esclarecedor un análisis realizado en la Escuela de Derecho de Vermont (VLS por sus siglas en inglés), Estados Unidos, por Mark Cooper, un experto en análisis económicos del Instituto de la VLS para la Energía y el Medio Ambiente, quien ha testificado más de 350 veces en calidad de experto ante asambleas legislativas estatales y federales, y también ante autoridades reguladoras del sector energético, dentro y fuera de Estados Unidos.

Los análisis de Cooper sobre la historia de los accidentes nucleares, y su impacto en los costes de construcción y mantenimiento de reactores nucleares, muestra una clara correlación entre los accidentes más importantes y el aumento de esos costos.

Los costos de construcción de los reactores completados después del accidente en la central nuclear de Three Mile Island (Isla de las Tres Millas, en Harrisburg, Pensilvania), y antes de la catástrofe de Chernóbil, fueron un 95 por ciento más elevados que los de los reactores completados antes del desastre de la central de Three Mile Island, y acarrearon un aumento del 40 por ciento en el costo de producción de la electricidad, según los promedios calculados por Cooper.

Los costos de construcción de los reactores completados después de la catástrofe de Chernóbil fueron un 89 por ciento más elevados que los de los reactores completados entre el accidente de la central de Three Mile Island y el de la de Chernóbil, y ello acarreó un encarecimiento adicional del 42 por ciento en el coste de la electricidad producida.

Es decir, que el costo de la energía nuclear subió a raíz del accidente en la central de Three Mile Island y ya no bajó. Los cambios de diseño que se necesitó introducir después del accidente de Three Mile Island se tradujeron finalmente en un aumento de los costos. La tendencia se repitió después del accidente de Chernóbil. Y es fácil deducir que un nuevo y considerable encarecimiento en los costos de la energía nuclear se va a materializar en los próximos años, después de lo sucedido en Fukushima Daiichi.

"El alto riesgo, costo y largos plazos de diseño y fabricación de las centrales nucleares, combinados con la amplia cartera de recursos alternativos disponibles en las próximas décadas para satisfacer las necesidades de electricidad a un riesgo y un costo mucho más bajos, significan que la idea de un renacimiento nuclear nunca tendrá sentido desde el punto de vista económico", argumenta Cooper. "La idea de un renacimiento nuclear, en el que se construirían muchos reactores nucleares en un corto período de tiempo, fue particularmente problemática tanto desde el punto de vista económico como desde el de la seguridad. El análisis económico que se usó para crear el mito del renacimiento nuclear subestimó mucho el costo económico de los reactores nucleares, e ignoró por completo el impacto social de los reactores. La economía de los reactores nucleares ya iba mal, y probablemente recibirá otro mazazo tras el accidente de Fukushima."

Cooper argumenta que los responsables de las políticas, los reguladores y los analistas financieros serían unos irresponsables si no reexaminan cabalmente la política energética, la seguridad y la economía de los reactores nucleares, a la luz de la crisis nuclear de Japón. "Si hacen lo que se supone que deben hacer, la construcción de reactores nucleares pasará a ser mucho más costosa y mucho menos atractiva como una opción política tras los resultados del accidente de Fukushima".

Por su alto costo, y por sufrir en muchos ámbitos la rivalidad de las energías renovables impulsadas por alta tecnología, el futuro de la energía de fisión nuclear parece estar abocado a que su uso se limite a submarinos, portaaviones, algunos vehículos espaciales, y centrales nucleares emplazadas en sitios remotos y escasamente poblados donde sean poco viables otras fuentes de energía.


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