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Miércoles, 12 octubre 2011
Salud

Los padres y madres cuyo bebé fallece antes de cumplir un año de edad tienden a vivir menos

Los padres y madres que pierden a su hijo durante los primeros 12 meses de vida sufren un aumento significativo del riesgo de morir ellos mismos a una edad temprana. Así lo desvela una nueva investigación, cuyos resultados han sido publicados a través de la British Medical Association (Asociación Médica Británica), en su revista académica British Medical Journal. Y el efecto puede durar hasta 25 años después del fallecimiento del bebé.

Los investigadores analizaron una muestra aleatoria de padres y madres en el Reino Unido cuyo retoño sobrevivió más allá del primer año de vida, y de padres y madres cuyo bebé falleció antes de llegar a cumplir el primer año de vida, en el periodo de 1971 a 2006. Se incluyó a padres y madres cuyos hijos nacieron muertos.

Los resultados mostraron que padres y madres en Escocia tenían más del doble de probabilidades de morir o enviudar en los primeros 15 años después del fallecimiento de un bebé de no más de un año de edad, en comparación con quienes que no habían sufrido esa desgracia.

Las cifras demostraron que las madres que habían perdido un bebé eran especialmente propensas a fallecer de modo prematuro.

Las madres de Inglaterra y Gales que habían perdido un bebé tenían más del cuádruple de probabilidades de morir en los primeros 15 años después de ese fallecimiento infantil. Y aunque los efectos disminuían gradualmente con el paso del tiempo, 25 años después de la muerte del bebé aún tenían 1,5 veces más probabilidades de morir que las madres que no habían perdido su retoño de forma prematura.

Por lo general, se cree que las personas a las que la muerte arrebata a su cónyuge o pareja y no logran luego rehacer su vida debidamente, suelen morir antes de lo que sería normal, a causa de los estragos que causa en su salud la desdicha que les atenaza desde entonces. Ahora, a la luz de lo descubierto en el nuevo estudio, parece que esto es aplicable también a la pérdida de un hijo o hija antes de cumplir el año de edad.

Los autores del nuevo estudio, que trabajaron con datos escuetos sobre los fallecimientos de progenitores, no cuentan con información suficiente para descartar el suicidio de algunos de ellos, pero creen que la tragedia de perder a un hijo o hija de corta edad destroza anímicamente a la madre y al padre de tal modo que les provoca efectos biológicos nocivos, por ejemplo un serio deterioro del sistema inmunitario.

También es más probable que esas personas recurran a ahogar sus penas en el alcohol, un hábito que a su vez puede aumentar las probabilidades de desarrollar enfermedades relacionadas con el consumo excesivo de bebidas alcohólicas, o de sufrir accidentes graves por estar bajo sus efectos.

Por otra parte, los casos de mortinatos (bebés que nacen muertos), y los de quienes fallecen antes de cumplir un año de edad, pueden también ser más comunes, si esas muertes son por enfermedades, cuando el padre o la madre no gozan de buena salud, sobre todo, como es obvio, si sufren de enfermedades hereditarias o transmisibles.


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