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Lunes, 30 enero 2012
Neurología

Miden los cambios estructurales en el cerebro de personas que se hicieron taxistas

El cerebro tiende a adaptarse al trabajo que cada persona realiza. Esto ya se sabía, pero ahora se ha demostrado de manera espectacular hasta qué punto llega la plasticidad del cerebro humano. En una investigación, que incluyó un seguimiento a personas que pasaron a trabajar como taxistas en Londres, se ha conseguido medir los cambios en su estructura cerebral asociados a su empleo.

A medida que los taxistas de una gran urbe como Londres aprenden a orientarse y a circular con los mejores itinerarios posibles entre los miles de calles y lugares de interés durante un período de años, la experiencia cambia la estructura de su cerebro.

Los resultados de este estudio, realizado por el equipo de Eleanor Maguire del University College de Londres, respaldan la noción de que el aprendizaje genera cambios estructurales en el cerebro, y aporta nuevas esperanzas para hallar modos de reforzar la capacidad de aprendizaje en los ancianos y mejorar la rehabilitación de quienes han sufrido una lesión cerebral.

Ser taxista profesional en una ciudad como Londres no es tarea fácil. Los aspirantes en práctica deben aprenderse la situación de 25.000 calles y su complejo trazado, así de como la de miles de sitios de interés, desde hospitales a restaurantes, pasando por infinidad de establecimientos, instituciones, y monumentos. El proceso de aprendizaje generalmente requiere de tres a cuatro años, y culmina en una serie de exámenes que sólo la mitad de los aspirantes logra superar.

En estudios anteriores de Maguire sobre los taxistas de Londres, se mostró que estos tienen más materia gris en la parte posterior de la estructura cerebral conocida como hipocampo que las demás personas, y menos en la parte frontal. El hipocampo desempeña un papel importante en la memoria y la navegación espacial. Esos estudios ya sugirieron que el cerebro de los taxistas quizá cambió para incorporar un "mapa" interno de Londres.

En el nuevo estudio, Maguire y su colega Katherine Woollett examinaron directamente esta idea realizando un seguimiento a un grupo de aspirantes a taxista, en prácticas, y a un grupo de control formado por otras personas, capturando imágenes de su estructura cerebral y poniendo a prueba su memoria.

Al inicio, los participantes del estudio no mostraron diferencias en cuanto a memoria o a estructura cerebral. Tres o cuatro años más tarde, la situación era muy distinta: Las investigadoras encontraron un aumento de materia gris en la parte posterior del hipocampo de los aspirantes que lograron ser aceptados como taxistas. No se observaron cambios en los aspirantes que no fueron aceptados, ni en las personas del grupo de control.

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El cerebro humano mantiene su plasticidad incluso a una edad adulta, lo cual le permite adaptarse cuando nos esforzamos por aprender nuevas tareas. Con el seguimiento hecho a los aspirantes en prácticas mientras adquirían, o no, el enorme caudal de datos necesario para su trabajo, las investigadoras han logrado ver directamente cómo la estimulación externa puede cambiar la estructura del hipocampo.

Woollett y Maguire creen que quizá los resultados pueden reflejar un aumento en el ritmo al que se generan nuevas neuronas y en la tasa de supervivencia de éstas, cuando se enfrentan a un reto cognitivo importante. Un entrenamiento exitoso también puede fortalecer las conexiones entre neuronas existentes.

Queda menos claro si quienes lograron convertirse en taxistas tenían algún tipo de ventaja inherente sobre aquellos que no lo lograron. ¿Podría ser que quienes lo lograron tengan cierta predisposición genética a tener un hipocampo con mayor plasticidad y por tanto más adaptable? Esta pregunta, por ahora sin respuesta, es, en el fondo, una nueva versión de la vieja cuestión de si la persona nace con talento o lo forja mediante el esfuerzo, o, en este caso, ¿el taxista nace o se hace?


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