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Lunes, 9 abril 2012
Medicina

Hacia un mejor tratamiento de urgencia contra la exposición a la radiactividad

Un accidente nuclear, sin necesidad de una guerra atómica, puede bastar para contaminar por radiactividad a millones de personas. Un ejemplo cercano en el tiempo: El periódico The New York Times informó recientemente que en los momentos más críticos de la fusión accidental de los núcleos de tres de los reactores de la central nuclear de Fukushima Daiichi el año pasado, las autoridades japonesas consideraron seriamente la evacuación de unos 36 millones de personas, residentes del área metropolitana de Tokio.

Barajar la puesta en marcha de una evacuación tan multitudinaria, refleja la realidad clara y cruda de que después de una exposición importante a la radiación, como la que ocurre tras un accidente grave en un reactor nuclear o con un eventual ataque terrorista mediante dispersión de materiales radiactivos, los tratamientos para la contaminación masiva son anticuados y muy limitados.

El único agente químico actualmente disponible para esa descontaminación es un compuesto conocido como DTPA, una reliquia de la Guerra Fría que debe administrarse por vía intravenosa y que sólo elimina parcialmente algunos de los actínidos de efectos potencialmente mortíferos.

Los actínidos son los elementos químicos cuyos números atómicos abarcan desde el 89 (el actinio) hasta el 103 (el laurencio), y constituyen una grave amenaza para la salud, por su radiactividad.

Cuando los actínidos son ingeridos o inhalados, su radiactividad y demás interacciones con las células y tejidos, requiere que se impida su dispersión por el cuerpo y que sean eliminados de éste lo más rápido posible.

Un equipo de científicos del Laboratorio Nacional estadounidense Lawrence Berkeley (Berkeley Lab) está desarrollando, después de muchos años de investigación previa, un tratamiento mucho más eficaz que el convencional. El nuevo método descontamina un gran número de los actínidos que suelen ser típicos en una exposición a la radiación provocada por un accidente en una central nuclear o por el uso de armamento atómico, incluyendo plutonio, americio, curio, uranio y neptunio.

Además, el tratamiento del Berkeley Lab puede ser administrado oralmente en forma de píldora, lo que permitiría actuar inmediatamente en caso de contaminación masiva. Dependiendo del nivel de exposición a la radiación y de cuán pronto pueda iniciarse el tratamiento, una de estas pastillas lograría la excreción de aproximadamente el 90 por ciento de los contaminantes actínidos en un plazo de 24 horas. Tomar una píldora diariamente durante dos semanas debería ser suficiente para eliminar prácticamente todos esos agentes contaminantes.

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Aparte de la posibilidad tan temida de un atentado nuclear, con bomba o sólo con radiactividad ("bomba sucia"), está el hecho incuestionable de que la energía nuclear ya es de por sí peligrosa. Los accidentes acaecidos en centrales nucleares lo han demostrado repetidas veces a lo largo de la historia. Es duro decirlo, pero mientras siga habiendo centrales nucleares, la catástrofe de Fukushima Daiichi no tiene por qué ser la última. Por todo ello, hay una urgente necesidad de desarrollar una terapia mejorada contra la contaminación por actínidos en una gran población.

El equipo de la química Rebecca Abergel, del Berkeley Lab, está ahora en proceso de demostrar que su nuevo tratamiento contra la exposición a los actínidos está listo para pasar a la fase de trabajo clínico.

En la investigación de más de dos décadas de duración que ha desembocado en el desarrollo de esta nueva terapia antirradiactividad, también han trabajado Ken Raymond, la fallecida Patricia Durbin, Dahlia An, Kathleen Bjornstad, Eleanor Blakely, Deborah Bunin, Polly Chang, Shirley Ebbe, Erin Jarvis, Birgitta Kullgren, Chris Rosen, David Shuh, Manuel Sturzbecher-Hoehne y Jide Xu.


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