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Miércoles, 25 abril 2012
Medicina

¿Por qué la lucha del sistema inmunitario contra una infección nos hace sentir mal?

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La fiebre, la pérdida de apetito, y otros efectos desencadenados cuando el sistema inmunitario lucha contra una infección pueden hacernos sentir tan mal o incluso peor que por los efectos directos de la infección en esa fase. ¿Por qué se desencadenan esos efectos y qué utilidad tienen?

Dos científicos han dado un repaso al tema y ofrecen una explicación que responde a esas y otras preguntas que casi todo enfermo en esa situación se ha hecho alguna vez.

Esa fase de efectos agudos en la acción del sistema inmunitario somete al cuerpo a condiciones un tanto hostiles. Se eleva la temperatura corporal, se pierde el apetito y aparece una anemia leve. Al mismo tiempo, ciertos nutrientes esenciales como hierro, zinc y manganeso son parcialmente retirados del torrente sanguíneo.

Algunas de estas acciones son bastante desconcertantes:

¿Por qué se reduce el apetito, promoviendo así que la persona coma menos, justo cuando podría parecer mejor aumentar el apetito para que el enfermo coma más y así el cuerpo disponga de una cantidad extra de energía y nutrientes para afrontar mejor la guerra en la que combate?

El zinc es esencial para tener un sistema inmunitario saludable. ¿Por qué retirarlo del torrente sanguíneo cuando el sistema inmunitario está tan activo?

Los beneficios de la fiebre son bien conocidos: Se ha demostrado que el calor inhibe el crecimiento bacteriano y hace que las células infectadas se autodestruyan. Pero lo que no ha quedado claro es por qué los patógenos deberían ser más susceptibles al calor que el sujeto enfermo.

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Edmund LeGrand (Universidad de Tennessee en Knoxville), y Joe Alcock (Universidad de Nuevo México) han expuesto recientemente, a través de la revista académica The Quarterly Review of Biology, algunas respuestas para esos actos aparentemente inútiles o incluso contraproducentes.

Para que se disemine una infección, los patógenos tienen que multiplicarse, mientras que las células del sujeto enfermo pueden postergar su replicación. La replicación hace que el ADN y las proteínas recién formadas sean mucho más susceptibles a los daños. También necesita energía y nutrientes, lo cual ayuda a explicar los beneficios de restringir la ingesta de alimentos y retirar nutrientes del torrente sanguíneo. Los patógenos se llevan la peor parte ante esa carestía de recursos derivados de la comida.

El acto de invadir un cuerpo también requiere que las bacterias alteren su metabolismo, lo que puede hacerlas más vulnerables a condiciones duras como una temperatura más alta de lo deseable.


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