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Miércoles, 24 octubre 2012
Neurología

Distinguir rostros es posible gracias a la actividad de dos haces nerviosos

Dos haces nerviosos llamados pFus y mFus son los responsables de que los humanos puedan distinguir unas caras de otras. Es la conclusión de un estudio internacional, basado en métodos de resonancia magnética y estimulación cerebral, que publica la revista Journal of Neuroscience. Sus resultados pueden ayudar a comprender la prosopagnosia, la enfermedad que padecía el protagonista del famoso libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, del neurólogo Oliver Sacks.

Este trastorno –conocido como ceguera facial– hace que quienes lo sufren no puedan distinguir una cara de la otra pero, en cambio, sí tengan procesos de visión y de información facial que son normales.

Tradicionalmente se han estudiado las respuestas neuronales que se producen en la circunvolución fusiforme –una zona del cerebro situada en la parte inferior del lóbulo temporal– ante la selección facial. Sin embargo, “su papel en la percepción de las caras es todavía algo desconocido”, explica Josef Parvizi, profesor asociado de la Escuela de Medicina en la Universidad de Stanford y coautor del artículo.

Ahora, los investigadores han descubierto que “la actividad de esos dos grupos nerviosos, llamados pFus y mFus y situados a media pulgada uno de otro, es crítica y tiene un papel fundamental para el reconocimiento facial”, recoge el estudio.

Para su investigación estudiaron el caso de un hombre de 45 años al que implantaron electrodos intracraneales. Entonces examinaron la circunvolución fusiforme mediante tres técnicas diferentes: electrocorticografía –utilización de electrodos para registrar la actividad eléctrica de la corteza cerebral–, resonancia magnética funcional de alta resolución y estimulaciones eléctricas del cerebro. “Con estos tres procedimientos pretendíamos investigar el papel de las respuestas de esa circunvolución fusiforme en la percepción facial del paciente”, explica Parvizi.

El sujeto participó en experimentos durante los que veía imágenes de caras, corderos, flores, coches o guitarras al tiempo que los investigadores analizaban sus respuestas neuronales. En primer lugar, observaron una imagen en alta resolución de todo el cerebro gracias a la resonancia magnética y, a continuación, a través de la electrocorticografía, midieron la actividad eléctrica de las neuronas.

Para lograr la estimulación cerebral es necesario colocar dos electrodos a un centímetro de distancia uno de otro. En este caso, además de esos dos, los científicos pusieron un par más sobre pFus y mFus, respectivamente.

Una vez comenzaron los estímulos sobre esos dos grupos nerviosos, se produjo la alteración en la percepción facial del paciente, que observaba las caras de una manera distorsionada. “Era como si los rostros que veía hubieran sufrido una metamorfosis”, aseguró el paciente. En cambio, cuando la estimulación se detuvo, la imagen de las caras volvió a ser normal.

La resonancia magnética, que es capaz de discriminar localizaciones situadas a sólo 1,8 milímetros de distancia, demostró que ninguno de esos dos grupos de nervios respondía con alta actividad ante otras imágenes que no fueran de caras, por ejemplo de camas, coches o muebles. Tampoco se produjo ningún efecto sobre la percepción facial cuando estimularon zonas cercanas a pFus y mFus.

Este estudio puede ayudar a mejorar el tratamiento que reciben las personas con enfermedades como la prosopagnosia y “a comprender por qué algunos de nosotros somos mejores que otros reconociendo y recordando rostros”, concluyen los científicos. (Fuente: SINC)



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