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Martes, 19 febrero 2013
Medicina

Prosigue la polémica en torno al Bisfenol A

Siempre es un tema delicado de tratar el de la posible existencia de riesgos para la salud no conocidos anteriormente en una sustancia industrial de uso común y presente en numerosos objetos cotidianos. Con facilidad se puede caer en el alarmismo o, por el contrario, dar la impresión de que se ocultan cosas para proteger intereses comerciales.

A raíz de algunos estudios que apuntaban a efectos nocivos del bisfenol A (mencionado también a menudo como BPA por sus siglas en inglés), en algunos países, como medida cautelar, se prohibió esta sustancia para algunos productos (esencialmente para biberones).

Ahora, dos estudios recientes, uno que apoya la idea de que el bisfenol A tiene más riesgos para la salud de lo que se creía, y otro que apoya justo lo contrario, constituyen una clara demostración de que la controversia sobre el bisfenol A no está amainando en absoluto.

El estudio realizado por el equipo del Dr. Leonardo Trasande, profesor de pediatría, medicina ambiental y salud poblacional, en la Universidad de Nueva York, y publicado en la revista académica Kidney International, de los editores de la conocida revista Nature, parece indicar que la exposición al BPA está asociada con un biomarcador de riesgo más alto de trastornos cardiacos y renales en niños y adolescentes.

Algunos estudios de laboratorio, según Trasande, sugieren que incluso niveles bajos de BPA como los encontrados en la información reunida sobre niños y adolescentes con la que se trabajó en el nuevo análisis, aumentan el estrés oxidativo y la inflamación que promueve la pérdida de proteínas a través de la orina, un reconocido biomarcador de trastorno renal en fase temprana y de riesgo futuro de desarrollar enfermedad cardíaca coronaria.

Los fabricantes argumentan que el BPA actúa como un antiséptico, pero la conclusión de varios estudios es que esta sustancia altera muchos mecanismos del metabolismo humano.

Conviene aclarar que el propio Trasande reconoce que su nuevo estudio no puede confirmar de manera inequívoca que el BPA contribuye a enfermedad cardíaca o disfunción renal en niños. Sin embargo, está convencido de que los resultados de esta nueva investigación respaldan las sospechas de que el BPA puede contribuir a incrementar el riesgo cardiovascular en niños y adolescentes, algo que concuerda con los resultados de un estudio anterior realizado por él y sus colaboradores, publicado en septiembre de 2012 en el Journal of the American Medical Association, una revista académica editada por la Asociación Médica Estadounidense, que mostraba una correlación entre la obesidad y altas concentraciones de BPA en la orina de niños y adolescentes.

Trasande aboga por limitar más el uso del BPA, eliminándolo por completo de las latas de aluminio para uso alimentario, como por ejemplo las típicas latas de refrescos.

Los niños en Estados Unidos y en otras naciones, están expuestos al BPA y a otras muchas sustancias químicas desde una fase muy temprana de su vida, y algunos estudios indican que en Estados Unidos casi el 92 por ciento de los niños de seis años, tienen algún rastro de BPA en la orina.

En el nuevo estudio, los doctores Trasande, Teresa Attina y Howard Trachtman, del Departamento de Pediatría en la facultad de medicina de la Universidad de Nueva York, analizaron datos de 710 niños y adolescentes de 6 a 19 años, recogidos en un estudio nacional para evaluar la salud y el estado nutricional de adultos y niños en Estados Unidos. Entre los datos reunidos había mediciones de BPA urinario, y de una proteína llaman albúmina, que no se encuentra normalmente en la orina debido a que los espacios en la membrana glomerular del riñón son demasiado pequeños para permitir que escapen estas voluminosas moléculas de proteína. Si hay daños en la membrana, como es típico en algunas enfermedades renales, la albúmina puede filtrarse a través de la membrana, yendo a parar a la orina.

Los investigadores tuvieron en cuenta factores de riesgo como hipertensión, resistencia a la insulina, colesterol elevado, exposición al humo del tabaco, etnia, edad, peso, sexo y otros parámetros, en el grupo estudiado.

Los niños con mayor cantidad de BPA en la orina, en comparación con quienes tenían la menor cantidad, presentaban una proporción significativamente mayor de albúmina/creatinina, un potencial marcador temprano de insuficiencia renal y de riesgo futuro de desarrollar enfermedad cardiaca coronaria.

"Aunque excluimos de nuestro análisis a niños con enfermedad renal preexistente, me preocupa que la exposición al BPA pueda tener efectos aún mayores en niños con enfermedad renal", confiesa el Dr. Trachtman. "Debido a que sus riñones ya están trabajando a un ritmo mayor para compensar su deficiencia, y tienen una limitada reserva funcional, pueden ser más susceptibles a los efectos adversos de las toxinas ambientales. Obviamente, necesitamos un estudio adicional de la exposición al BPA y sus efectos en el riñón de niños sanos y de niños con enfermedad renal preexistente".

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El otro estudio reciente al que nos referíamos al inicio de este artículo es el realizado por el equipo de Cheryl Rosenfeld, profesora de ciencias biomédicas en el Centro Bond de Ciencias Biológicas, dependiente de la Universidad de Misuri, Estados Unidos.

En el estudio, de tres años, utilizando más de 2.800 ratones, no se ha logrado reproducir los resultados de una serie de estudios anteriores, llevados a cabo por otro grupo de investigación, que apuntaban a efectos nocivos causados por el BPA.

En este nuevo estudio, publicado en la revista académica PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences, o Actas de la Academia Nacional de Ciencias, de Estados Unidos), también se investigó a la genisteína, un compuesto estrogénico presente en vegetales.

Conviene aclarar que los autores del nuevo estudio no están afirmando que el BPA sea seguro, sino más bien que los resultados de los estudios previos no son reproducibles. "Nuestros resultados no dicen nada acerca de los efectos positivos o negativos del BPA o de la genisteína", aclara Rosenfeld. "Nuestra serie de experimentos no detectó los mismos resultados que comunicó otro grupo, sobre los posibles efectos del BPA y la genisteína en el desarrollo de niños expuestos a esas sustancias en el vientre materno".

La genisteína está presente en forma natural en la soja y se vende como suplemento dietético. Investigaciones anteriores de Rosenfeld, así como de Frederick VomSaal, profesor de Ciencias Biológicas en la Universidad de Misuri, y otros, han sugerido que la genisteína y el BPA pueden tener efectos adversos en muchos animales, incluyendo los seres humanos.

Los investigadores que llevaron a cabo la serie original de los experimentos repetidos por el equipo de Rosenfeld, afirmaron que la exposición al BPA y a la genisteína, produjo crías con pelaje amarillento que eran más susceptibles a la obesidad y a la diabetes tipo 2 comparadas con sus hermanos sanos de pelaje normal (de color marrón). Sin embargo, Rosenfeld y su equipo no obtuvo los mismos resultados cuando repitió el estudio en un período de tres años.

Al no poder repetir los resultados de los experimentos originales con una cantidad similar de animales, el grupo de Rosenfeld amplió el estudio para incluir una cantidad mayor de animales, a fin de verificar que sus resultados no eran una simple casualidad del azar y proporcionar una suficiente cantidad de animales para asegurar la detección de diferencias significativas en el caso de existir éstas. No obstante, incluso con esta cantidad adicional y los experimentos extendidos, no se logró reproducir los resultados anteriores.

Lo que sí demuestra el nuevo estudio es que una dieta materna rica en compuestos estrogénicos conduce a un mayor número de crías que expresan un gen alterado que promueve los trastornos citados, en comparación con lo que sucede cuando la dieta materna no está enriquecida con esos compuestos.

Este hallazgo sugiere, en opinión de Rosenfeld, que ciertos ambientes uterinos pueden promover que prevalezcan animales con un "genotipo ahorrador", en el que esa versión alterada de un gen les da a los ratones que la poseen una ventaja con respecto a los que no poseen dicha versión: les ayuda a sobrevivir en ambientes uterinos desfavorables. De todos modos, la desventaja de este cambio genético durante el desarrollo temprano es que en el futuro los animales afectados pueden afrontar un mayor riesgo de padecer trastornos metabólicos como la obesidad y la diabetes.

Algo parecido ocurre con los humanos, ya que tenemos un gen que codifica una proteína de señalización, expresándose en el tejido adiposo y el páncreas, y una mayor expresión de este gen se correlaciona más con personas obesas que con delgadas. Ese gen pudo por tanto evolucionar para permitir a los humanos la capacidad de sobrevivir a una hambruna, pero su expresión incrementada también puede potenciar enfermedades metabólicas si la persona no sigue la dieta adecuada.

La controversia, en definitiva, es grande, y no parece que vaya camino de mitigarse. De hecho, aunque este estudio de la Universidad de Misuri apoye la idea de que el BPA tiene menos riesgos para la salud de lo creído, hay otros efectuados en la misma universidad en años recientes que sí son críticos con el uso del BPA, en los cuales se apuntó a que la exposición al BPA ha sido subestimada, que ésta es mayor de lo creído en la población humana, y que en machos de ratón cierto nivel de exposición al BPA los desmasculiniza y hace que dejen de ser deseables para las hembras.

Es evidente que conviene investigar más y no dejarse llevar por conclusiones precipitadas, en un sentido o en el otro.

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