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Lunes, 24 junio 2013
Medicina

El comercio clandestino de órganos humanos en Bangladesh

En la cara oscura de la medicina, el tráfico de órganos humanos discurre por un sendero plagado de dramas humanos, doble moral y una profunda injusticia social. Un trabajo de periodismo de investigación revela hasta qué punto está extendida entre la gente más pobre de Bangladesh la práctica de vender en vida algunos de sus órganos para poder afrontar el pago de préstamos legalmente establecidos. (El drama de los préstamos clandestinos otorgados por mafias es un capítulo aparte.)

Mucha gente que vive sumida en la pobreza en Bangladesh recurre desesperada a medidas extremas para sobrevivir. Y una de ellas es vender algunos de sus órganos en vida. Sometiéndose a una operación quirúrgica en la que se les extrae, por ejemplo, un riñón, pueden obtener dinero que necesiten a toda costa.

En lo que es el primer estudio de su tipo y grado de profundidad, Monir Moniruzzaman, del Centro de Ética y Humanidades en Ciencias Biológicas, y profesor en el Departamento de Antropología, de la Universidad Estatal de Michigan en Estados Unidos, se infiltró en el sórdido mundillo del mercado negro de órganos humanos para poder investigar de incógnito, y conoció de cerca las experiencias a menudo escalofriantes de las víctimas, y las consecuencias que el tráfico de órganos humanos tiene para ellas.

El comercio de órganos humanos va viento en popa en Bangladesh, donde el 78 por ciento de los habitantes viven con unos ingresos de menos de 2 dólares al día (y sin los servicios y bienes gratuitos que otras naciones sí ofrecen a sus ciudadanos).

Moniruzzaman pudo constatar que el precio de venta promedio para un riñón comprado en Bangladesh es de 1.400 dólares estadounidenses, pero esa tarifa ha bajado bastante, ya que el suministro de órganos provenientes de gente pobre es abundante. La miseria y la desesperación de unos hacen que prospere el negocio de otros.

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Como si no fuera lo bastante baja esa compensación económica, los donantes de órganos raramente reciben la cantidad prometida. Además, las complicaciones de salud que bastantes veces surgen a raíz de las intervenciones quirúrgicas, pueden conducir a dolor crónico, depresión, aislamiento social, e incapacidad para trabajar.

El comercio de órganos es movido por el dinero, y es un negocio que resulta lo bastante viable gracias a la tecnología moderna y los avances médicos. Aparte de los responsables directos del tráfico de órganos, hay médicos, hospitales y autoridades gubernamentales que miran para otro lado y fingen ignorar la extensión de esta lacra. Moniruzzaman se ha propuesto seguir denunciando la situación vergonzosamente boyante del negocio de los órganos humanos hasta que las autoridades competentes tomen cartas en el asunto y el peso de la justicia caiga sobre los comerciantes que hacen funcionar el negocio, los médicos que hacen las intervenciones quirúrgicas, y los compradores de los órganos que conocen su turbia procedencia.

Es difícil imaginar a alguien tan desesperado como para vender un riñón o parte de su hígado. Pero, por desgracia, estas cosas suceden.

Moniruzzaman comenzó a interesarse por el drama del tráfico de órganos humanos cuando, siendo estudiante, leyó un artículo sobre el tema. "Lo leí y no podía creer que esto pudiera suceder, que se estuvieran vendiendo partes de cuerpos de personas vivas. No es esclavitud. No es prostitución. Es un tipo diferente de explotación corporal. Lo encontré horripilante cuando supe que existía". Esa honda impresión que le causó a Moniruzzaman conocer la existencia de esta lacra le llevó a explorar su alcance y a intentar ayudar a combatirla.

Moniruzzaman comenzó por investigar si esto realmente ocurría en Bangladesh, y encontró, a su pesar, que el comercio de órganos humanos era un negocio floreciente, con toda una red clandestina como soporte. El perfil típico de los donantes de órganos es el de gente que vive en una pobreza extrema y que recurre a vender sus órganos a personas ricas que los necesitan, a través de la red clandestina y sus correspondientes intermediarios y colaboradores del ámbito quirúrgico.

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Doce años después, el volumen de negocio ha crecido. Bastante gente está desesperada por hallar maneras de pagar sus préstamos, legalmente establecidos, y a menudo incluso gubernamentales, y de lograr que sus familias subsistan una temporada más, a la espera de que lleguen tiempos mejores.

Muchas de las personas que vendieron un órgano propio están ahora en peores condiciones económicas que antes. A algunos nunca se les pagó lo prometido. A otros se les acabó el dinero obtenido y ahora no pueden volver a trabajar como antes por los persistentes problemas de salud resultantes de la extracción del órgano.

Moniruzzaman ya ha emprendido diversas acciones para intentar combatir el tráfico de órganos humanos en países como Bangladesh. Por ejemplo, testificó no hace mucho ante la Comisión Tom Lantos de Derechos Humanos y el Comité de Relaciones Internacionales del Senado, del Congreso de Estados Unidos. Él les presentó información que era difícil de conseguir.

"Es difícil encontrar los datos porque nadie quiere decir que vendió órganos propios", señala Moniruzzaman. "Es vergonzoso. Es humillante. Existe un estigma asociado, por lo que es muy difícil acceder a ese mundo clandestino. Para colmo, es ilegal. Resulta muy difícil, pero me las arreglé para entrar en ese submundo y encontrar personas y obtener datos".

Para Moniruzzaman, no solamente se trata de hacer una investigación y obtener información.

"Como investigadores, sí investigamos, y esto es bueno para generar conocimiento; la gente puede así enterarse de lo que está sucediendo", explica Moniruzzaman. "Pero necesitamos ir más allá. Deberíamos ayudar de algún modo a esas personas. Las entrevistamos y generamos ese conocimiento, pero debemos intentar cambiar las cosas y mejorar la situación en la que viven".

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