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Jueves, 27 junio 2013
Arqueología

La incógnita del fuego neandertal en la cueva de El Esquilleu

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El comportamiento de los neandertales de montaña es algo todavía bastante desconocido para la comunidad científica, al menos dentro de los límites europeos. Diferentes estudios han demostrado que la especie utilizaba huesos de animales como combustible de las hogueras que encendían, en especial, cuando escaseaba la masa arbórea.

Una comunidad de neandertales residía en la cueva de El Esquilleu (Cantabria, España), hace entre 53.000 y 30.000 años. Sin embargo, aunque contaban con numerosa vegetación alrededor, los científicos han descubierto restos fósiles de animales en lo que podría ser una hoguera de la cueva.

Una de las hipótesis que plantean en su estudio, publicado en la revista Quaternary Sciencie Reviews, es que fuera una forma sistemática de mantener limpia la cueva, eliminando cualquier tipo de residuo.

“La vida de los grupos humanos en cuevas con bastante humedad, con depredadores al acecho y con residuos de comida en descomposición cerca, acarreaba ciertos riesgos para estos humanos que, además, tenían que permanecer en cierto modo hacinados para hacer frente al frío”, apunta Paloma Uzquiano, investigadora de la UNED y una de las autoras del trabajo.

“No resulta disparatado pensar que eliminando residuos orgánicos de manera sistemática trataran de evitar males mayores”, añade Uzquiano. No obstante, los investigadores, entre los que se encuentran expertos de la Universidad Complutense (Madrid), tampoco descartan la hipótesis de que los huesos sirvieran, a su vez, como combustible de las hogueras, adquiriendo una doble función.

Hay que tener en cuenta que los neandertales mantenían esos fuegos encendidos de forma permanente tanto para cocinar como para iluminar la cueva, construir herramientas e incluso para evitar plagas de mosquitos, típicas en los ambientes húmedos. “Quemar los residuos de animales constituía una buena fuente combustible para los fuegos domésticos, y así ahorraban tiempo y esfuerzo”, comenta la investigadora.

Para demostrar si estos huesos podían servir como combustible, los investigadores simularon un total de diez fuegos, añadiendo diferentes huesos de cabra, animal al que pertenecían los restos hallados en El Esquilleu.

Estos restos óseos se salen de lo común puesto que, en otras hogueras neandertales, los científicos habían encontrado restos de animales más grandes, como vacas o caballos, que tenían más cantidad de grasa para quemar.

Otra novedad ha sido incluir, junto a los huesos trabeculares –los de las extremidades–, huesos axiales –de la parte central del cuerpo–, que no suelen emplearse en estos experimentos.

“Los fuegos demostraron que los huesos de animales de pequeño tamaño también poseen cualidades combustibles y que, en el caso de los huesos axiales y las epífisis –extremos de un hueso largo–, el proceso de combustión se extendía durante más tiempo”, detalla José Yravedra, investigador de la Universidad Complutense de Madrid y doctor por la UNED.

La comunidad de neandertales que vivía en la cueva de El Esquilleu hace entre 53.000 y 30.000 años, en el Pleniglacial Medio, tuvo que hacer frente a fuertes etapas de inestabilidad atmosférica, viviendo tanto períodos de clima frío como más cálido.

[Img #14298]“Cuanto más se trabaja entre neandertales, más novedades surgen respecto a su comportamiento y a sus mecanismos de adaptación a un medio en constante cambio”, explica la investigadora.

La vegetación dominante de la zona cántabra era de carácter abierto y pre-forestal, por lo que solo matorrales como el de leguminosas, las comunidades de espinos caducifolios, el pino, el abedul, el sauce, el mostajo, el serbal y el enebro (en menor medida) se adaptaron a estos ambientes cambiantes. También consiguieron resistir robles y avellanos, pero refugiados en pequeños enclaves.

Por su parte, la fauna de herbívoros que habitaba entre esta vegetación era muy diversa, con caballos, bisontes y uros en zonas abiertas; corzos y jabalíes en medios más boscosos; cabras en las zonas escarpadas de las laderas y ciervos que realizaban desplazamientos de las montañas hacia los valles.

“Esta biodiversidad hizo posible que los grupos se instalaran de manera itinerante en distintos enclaves, siguiendo los desplazamientos estacionales de las manadas de herbívoros, así como los ciclos de las plantas de todo ese entorno”, concluye Uzquiano. (Fuente: divulgaUNED)



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