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Lunes, 7 octubre 2013
Botánica

En busca de soluciones para la creciente resistencia a los herbicidas en vegetales nocivos para la agricultura

Se habla a menudo de la creciente resistencia bacteriana a los antibióticos, pero las bacterias no son los únicos seres que combaten nuestros intentos de matarlos. Los vegetales, y en concreto los más odiados por los agricultores, o sea las malas hierbas, se han fortalecido de tal modo contra los herbicidas, que los agricultores de algunas zonas se han visto forzados a recurrir al viejo y tedioso método, aunque expeditivo, de matarlas a golpes de azada.

En un congreso reciente, organizado por la ACS (American Chemical Society, o Sociedad Química Estadounidense), y celebrado en la ciudad de Indianápolis, en Indiana, Estados Unidos, se han presentado diversos informes sobre la resistencia a los herbicidas y sus desafíos, y se ha expuesto cómo la agricultura moderna está lidiando con este problema y qué otras medidas se podrían poner en práctica.

Los costos de controlar las malas hierbas se han duplicado o más, en algunas áreas, y las cosechas han menguado, según los expertos.

"Los problemas asociados con la resistencia a los herbicidas por parte de las malas hierbas se están propagando e intensificando, especialmente en el caso de la maleza resistente a múltiples productos, incluido el glifosato, uno de los más usados en el siglo XXI", explica Brian Young, de la Universidad del sur de Illinois en Carbondale, Estados Unidos, uno de los conferenciantes del congreso.

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Se han confirmado más de 200 especies de malas hierbas resistentes a por lo menos un herbicida, con infestaciones que ya cubren millones de acres en Estados Unidos y otros 60 países.

Entre los cultivos más afectados por la expansión de los hierbajos figuran la soja (soya), el algodón y el maíz.

Los agricultores no luchan contra plantas fáciles de matar. Algunos de estos vegetales nocivos, bajo condiciones óptimas, son capaces de crecer una pulgada (2 centímetros y medio) o más al día, hasta llegar aproximadamente a los 3 metros (10 pies) de altura y con un tallo lo bastante duro como para dañar equipamiento agrícola.

Las malas hierbas absorben agua y nutrientes con mayor eficiencia que los cultivos agrícolas, lo que se traduce en que se apropian de tales recursos en perjuicio de los cultivos agrícolas. Algunos hierbajos proliferan de tal modo que pueden expulsar a los cultivos agrícolas de su propio campo.

Las plantas más resistentes prosperan a pesar de los múltiples remojos con glifosato, y una sola planta puede producir casi un millón de semillas, que perpetúan la amenaza.

Los agricultores han respondido a tales desafíos incorporando herbicidas alternativos a sus operaciones para proteger sus campos contra los hierbajos. Los herbicidas alternativos, por tener un mecanismo de ataque químico distinto del que posee el glifosato, tienen la oportunidad de atacar a las malas hierbas sin que a éstas las proteja su resistencia al glifosato.

Los agricultores también están recurriendo a los herbicidas que tienen actividad residual en el suelo, evitando que broten nuevas generaciones de malas hierbas a partir de las semillas de éstas dispersas por la tierra.

Las tropas de refuerzo para los agricultores en esta larga guerra contra la maleza ya están de camino: Varios herbicidas de última generación afrontan las fases previas a su comercialización. Estos nuevos herbicidas se basan en fórmulas químicas que atacan a los hierbajos por vías en las que no les sirve de nada su resistencia al glifosato.

Otra medida ya en marcha es el desarrollo de semillas de especies agrícolas con rasgos genéticos que permitan a los agricultores una aplicación más agresiva de herbicidas convencionales en sus campos sin dañar a los cultivos. Se considera que la introducción de esta capacidad de resistencia en las especies de cultivo agrícola no se transfiere a las malas hierbas.

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