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Jueves, 28 noviembre 2013
Astronáutica

Gran Enciclopedia de la Astronáutica (212): Alimentación

Alimentación

Biología

Las primeras misiones tripuladas al espacio debían durar unas pocas horas, pero muy pronto los astronautas pasarían uno o más días girando alrededor de la Tierra, e incluso viajando hacia otros lugares, como la Luna. Ante esa evidencia, los científicos tendrían que trabajar duro para garantizar la supervivencia de los viajeros, satisfaciendo sus necesidades de soporte vital (aire respirable, temperatura, etc.). Uno de los elementos esenciales en los que hubo que investigar rápidamente sería la alimentación.

Como cualquier otra persona, y a despecho de la cantidad de energía que sus cuerpos puedan gastar, los astronautas deben alimentarse en el espacio, como también deben poder beber agua para mantenerse hidratados y sanos.

Estudios anteriores sugerían que un astronauta no debería tener ninguna dificultad en alimentarse en ingravidez, mientras que algunos científicos habían temido que esa condición podría provocar asfixia o problemas a la hora de tragar, ya fuera en forma sólida o líquida. Pero muy pronto se demostró que no había nada que temer al respecto, más allá de mantener una cierta vigilancia para evitar que pequeños fragmentos de comida pudiesen penetrar en las vías aéreas. En efecto, los sistemas fisiológicos que nos permiten alimentarnos, como los movimientos peristálticos (aquellos que nos ayudan a deglutir o a hacer la digestión), siguen funcionando en ingravidez.

En un principio, un cierto exceso de precaución dio lugar a una forma de presentar los alimentos muy poco atractiva. Se prepararían en forma de pasta y se servirían desde tubos similares a los dentífricos, que el astronauta debería apretar para consumirlos. Por otra parte, los líquidos no pueden ser vertidos ni derramarse en ingravidez (forman una esfera), de modo que debían ser tomados a través de botellas y suministrados a presión directamente en la boca.

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(Foto: NASA / Engineering.com)

Los expertos en dietética llegaron a conclusiones concretas sobre la cantidad de calorías y nutrientes necesarios por persona y día, en el entorno de un viaje espacial, y en base a ello prepararon las raciones necesarias. Así, se estimó que un astronauta no necesitaría más de 1,5 Kg al día de alimentos sólidos, y entre 1 y 2 litros de agua. Estas cifras serían pulidas repetidamente, dado que el envío de un solo kilogramo de peso al espacio tiene un coste de miles de dólares. Además, se iniciaron estudios sobre la posibilidad de reciclar el agua, depurando líquidos como el sudor o la orina para hacerlos potables y así reducir la cantidad de líquido inicial a transportar. También se ha trabajado sobre el cultivo, en viajes largos, de algas comestibles, que reducirían la cantidad de comida a traer desde la Tierra y que además tendrían otras funciones ecológicas.

Durante la historia de los vuelos espaciales tripulados, los alimentos suministrados a los astronautas han sufrido una larga evolución. Las misiones pioneras, como las Mercury o las Vostok, utilizaron el sistema ya mencionado: tubos cargados con comida en forma de pasta o puré. Dichas pastas estaban formadas por todo tipo de ingredientes, incluyendo verdura, carnes, etc., en busca de proporcionar los aportes mínimos necesarios. Los estadounidenses también utilizaron pequeños dados deshidratados, para facilitar la masticación. Todo ello, además, estaba pensado para proporcionar una cantidad reducida de residuos, para evitar la incomodidad de tener que utilizar el baño. De hecho, esta dieta la usaban los astronautas incluso los días previos al lanzamiento.

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(Foto: NASA / Engineering.com)

Pero a pesar de que el método cumplía su función, los astronautas no estaban muy contentos con este sistema. A menudo los bocaditos de comida pre-preparados se rompían y llenaban la cabina de miguitas que podían volverse peligrosas. Para evitarlo, se usaron recubrimientos de gelatina especiales. También se ampliaron los tipos de comida y se dejó de utilizar tubos, incluyéndose además zumos de fruta. La comida deshidratada, que ocupaba poco espacio, podía volver a ser hidratada con agua disponible a bordo, lo que mejoraba su textura y sabor. Durante la época Apolo, por ejemplo, podía utilizarse agua caliente, y ello mejoró aún más la preparación de la comida, que fue almacenada en bolsas y que incluso permitía su consumo con cuchara y tenedor.

Con la llegada de las estaciones espaciales, la disponibilidad de un mayor espacio abrió grandes posibilidades en este terreno. Los cosmonautas de las Salyut y la Mir, por ejemplo, podían recibir periódicamente naves de suministros, en las cuales se incluía fruta fresca, latas de conservas y otras presentaciones, incluido helado. Las naves espaciales, en efecto, disponían de neveras que conservarían algunos alimentos que, si no se comían enseguida, de otro modo se hubieran estropeado.

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(Foto: NASA / Engineering.com)

Con el paso de los años, se ha pasado de los bocadillos de “contrabando” a las comidas especiales. Los astronautas han disfrutado de postres y pasteles en días señalados, como Navidad o el día de Acción de Gracias. Y ha sido frecuente que cada viajero espacial, en función de su nacionalidad, haya aportado pequeñas sorpresas al menú diario de sus compañeros, siempre aprobadas previamente por el centro de control en la Tierra. Paralelamente, los astronautas chinos han demostrado disfrutar de sus propias peculiaridades culinarias.

La comida, en la actualidad, es variada y sabrosa. Por ejemplo, en la estación espacial internacional. Los astronautas disponen de largas listas de alimentos disponibles a bordo (se han calculado varios cientos de platos diferentes), que pueden tomar siguiendo un programa, o elegir y combinar según sus gustos, manteniendo siempre el adecuado equilibrio nutricional. Hay que tener en cuenta que los astronautas son frecuentemente sujetos voluntarios en experimentos fisiológicos y médicos, por lo que su alimentación debe ser correcta para evitar resultados poco relevantes durante ciertas pruebas.

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(Foto: NASA / Engineering.com)

La “comida espacial” ha dejado sin duda de ser algo tan exótico como antes. A pesar de todo, aún es posible adquirir de forma comercial, y como curiosidad educativa, algunos formatos utilizados en los vuelos de antaño, o muestras gastronómicas de la actualidad. Estas muestras son fabricadas en general por las mismas empresas que las proporcionan a los programas espaciales. Tales compañías se han especializado y disponen de sistemas de preparación sofisticados, que deben proporcionar las máximas garantías de seguridad para las agencias y los propios astronautas. La comida que producen no solamente está empaquetada de forma apropiada, sino que además está libre de alérgenos y otras sustancias que en la Tierra no son tan importantes. Sus expertos no dejan de trabajar para proporcionar la mayor satisfacción al consumidor espacial, cumpliendo al mismo tiempo con las exigencias que conlleva su empleo en un entorno tan particular (como producir la menor cantidad posible de basura, proporcionar una facilidad de uso, máxima esterilidad, durabilidad, etc.).

Los astronautas disfrutan actualmente de una enorme variedad de alimentos entre los que elegir, como se ha mencionado ya. Sólo se prescinde de aquellos que se ha demostrado que pueden ocasionar disfunciones o molestias en el proceso de la digestión. Pero es posible que, en el futuro, gracias a nuevas técnicas de preparación, algunos de los más extraños platos encuentren finalmente el camino para ser consumidos en el espacio.

Ya no es extraño que una comida colectiva a bordo de la estación espacial internacional sea todo un acontecimiento social entre los habitantes del complejo. La alimentación, como en la Tierra, ha dejado de ser una simple necesidad fisiológica para convertirse en un nuevo ingrediente de estabilidad emocional y psicológica.

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