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Redacción
Sábado, 07 de Marzo de 2020
Astronomía

Henrietta Leavitt, ciencia sin reconocimiento

Las mujeres siempre han tenido muchos problemas a la hora de labrarse una carrera en el ámbito de la ciencia. La situación, que ha ido mejorando con el tiempo, era especialmente grave hasta hace apenas 50 años, cuando sus aportaciones, si bien importantes, ni siquiera eran reconocidas debidamente. Salvo contadas excepciones, como Marie Curie, la mayoría de las mujeres científicas, a pesar de haber contribuido de forma notable al avance de la ciencia, sufrieron antes de esa época una escasa atención por parte de la sociedad machista imperante, que impedía su desarrollo y devaluaba sus logros. Un ejemplo flagrante de esta incomprensión lo protagonizó la estadounidense Henrietta Swan Leavitt.

 

A diferencia de otras mujeres de su tiempo, Leavitt perseveró en sus estudios universitarios y alcanzó una gran preparación en materias muy complejas. Natural de Lancaster, Massachusetts (EE.UU.), nació el 4 de julio de 1868, y muy pronto demostró un gran interés por las letras y las ciencias, lo que la hizo encaminarse hacia la universidad, donde aprendió cálculo y geometría avanzados. Su auténtica pasión resultó evidente cuando estudió un curso de astronomía y obtuvo muy buenas notas. Realizó entonces varios trabajos para el Harvard College Observatory, de la universidad de Harvard, en 1893, donde fue empleada como “computadora humana” por Edward Charles Pickering. No fue la única: las mujeres no podían tocar los telescopios, así que su labor quedaba restringida a tareas auxiliares.

 

El trabajo principal de Leavitt sería revisar las innumerables placas fotográficas del cielo obtenidas por el observatorio, algo tedioso y poco gratificante. De lo que se trataba era de identificar todas las estrellas y catalogarlas por su brillo. Esta labor no sería al principio remunerada, y después se le pagarían solo pequeñas cantidades. Por desgracia, Henrietta sufrió una enfermedad que la dejó prácticamente sorda, así que su vida quedaría a partir de entonces circunscrita a su familia y a su trabajo, sin permitirse distracción alguna.

 

En el observatorio de Harvard, Leavitt se especializó en medir el brillo de las llamadas estrellas variables, aquellas que lo modificaban de forma periódica debido a su actividad estelar. Estos períodos variaban, pero había un grupo de estrellas en particular que seguían una pauta muy interesante y que Leavitt puso de manifiesto tras innumerables horas de estudio y clasificación. En concreto, las denominadas variables cefeidas mostraban un comportamiento que llevó a una conclusión principal: cuanto más luminosas eran, más largos eran sus períodos de oscilación. De hecho, midiendo su brillo, podía determinarse su período, y viceversa. Su estudio al respecto se publicó en 1908 y en 1912.

 

Dado que las cefeidas analizadas se hallaban en las Nubes de Magallanes (dos galaxias satélite de nuestra Vía Láctea), y que por tanto estaban a una distancia similar, y dado que una misma estrella se vería más brillante cuanto más cerca estuviera de nosotros, se lanzó la hipótesis de que podía usarse el brillo de las cefeidas para determinar su distancia respecto a la Tierra. De esta forma, si otras galaxias poseían cefeidas, sería posible calcular dicha distancia con la simple medición de su brillo.

 

Tras analizar 1.777 estrellas variables, la hipótesis de Henrietta, que pasaría a llamarse “ley de Leavitt”, adoptó una base estadística contundente. A partir de ese momento, los astrónomos podrían buscar cefeidas en otras zonas del universo, y tras medir su período, obtendrían su luminosidad intrínseca, que al compararse con su luminosidad aparente, permitiría determinar su distancia a nosotros con gran precisión.

 

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Henrietta Leavitt trabajando. (Foto: Wikimedia Commons)

 

Lejos del reconocimiento

 

Pero más allá de los círculos astronómicos inmediatos, el trabajo de Leavitt obtuvo escaso reconocimiento en la sociedad. Como mujer, su aportación pasó muy desapercibida, a pesar de su futura importancia. En 1921 fue nombrada responsable del grupo de fotometría estelar en el observatorio. Lamentablemente, antes de acabar el año se le manifestó un cáncer fulminante que la mató el 12 de diciembre.

 

Durante los siguientes años, el papel de las cefeidas creció en interés. Su descubrimiento en la nebulosa de Andrómeda (entonces no era considerada aún una galaxia), permitió medir la distancia de esta última: esa nebulosa era claramente un cuerpo galáctico fuera de la Vía Láctea y de pronto el universo era mucho mayor de lo que se pensaba. De hecho, gracias a los trabajos de Leavitt, otro gran astrónomo, Edwin Hubble, pudo medir las distancias de esta y otras galaxias, llegando a la conclusión de que todas ellas se alejan entre sí y que, por consiguiente, el universo se está expandiendo.

 

El papel de Leavitt en este descubrimiento fue crucial. Nuestro barrio cósmico dejaba de ser el centro del universo; el paradigma cambiaba para siempre. Tan importante fue la labor de Henrietta que el propio Hubble propuso que le dieran el Nobel. Y de hecho se intentó su nominación, pero los responsables de este premio se enteraron entonces de que su fallecimiento había ocurrido poco tiempo atrás. Su temprana desaparición, pues, impidió el adecuado reconocimiento que se merecía, ya que el Nobel solo se otorga a personas que estén vivas. Peor aún, Harlow Shapley, el director del observatorio donde había trabajado Leavitt, se otorgó el mérito del descubrimiento, diciendo que había sido él quien había “sabido interpretar” la relación período/luminosidad hallada por Henrietta.

 

Henrietta Leavitt ha pasado a la historia como un pilar transformador de la astronomía, pero también como un ejemplo más de la incomprensión social en relación al papel de la mujer en la ciencia. Su nombre ha sido utilizado para bautizar un asteroide y un cráter lunar, si bien no recibió premios en vida, en parte porque su hallazgo no se reveló trascendental hasta después de su muerte. Sus comienzos en una carrera básicamente masculina demuestran lo difícil que podía ser para las mujeres encontrar un espacio que les permitiera poner su intelecto al servicio de la ciencia. Casos como el suyo, afortunadamente, otorgaron relevancia al problema y han permitido una paulatina mejora con el paso del tiempo.  (Fuente: NCYT Amazings/Manel Montes)

 

 

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