Medicina
Los remedios médicos “naturales” más extraños de la Antigüedad
Durante milenios, la medicina fue una mezcla de observación, tradición, magia y ensayo‑error. Mucho antes de los ensayos clínicos, los antibióticos o la anestesia, los médicos de la Antigüedad recurrían a lo que tenían a mano: plantas, minerales, animales… y, en ocasiones, ideas que hoy nos resultan francamente inquietantes.
1. Sangre de gladiador contra la epilepsia
En la antigua Roma se creía que la sangre fresca de un gladiador recién muerto podía curar la epilepsia. El razonamiento era simbólico: el gladiador representaba la fuerza vital en su máxima expresión, y absorber su sangre significaba apropiarse de esa energía.
El remedio era tan demandado que, tras los combates, espectadores se apresuraban a recoger sangre o incluso el hígado caliente del cadáver. Desde la perspectiva actual, además de inútil, el riesgo de infecciones era enorme. Pero en una época sin conocimiento sobre bacterias o virus, la idea parecía perfectamente lógica.
2. Excrementos como medicina universal
Si hay un ingrediente que se repite en la medicina antigua, ese es el excremento. Egipcios, griegos y romanos utilizaron heces humanas y animales para tratar múltiples dolencias.
-Excremento de cocodrilo como anticonceptivo en el Antiguo Egipto.
-Estiércol de oveja para tratar heridas e infecciones.
-Heces de paloma aplicadas sobre inflamaciones oculares.
Aunque hoy nos parezca repulsivo, algunos de estos remedios tenían un efecto antibacteriano leve debido a la fermentación y a ciertas sustancias químicas presentes en los desechos. El problema era que el riesgo superaba con creces cualquier posible beneficio.
3. Orina: el “elixir” olvidado
La orina fue durante siglos uno de los remedios naturales más utilizados. Los romanos la empleaban para blanquear dientes, limpiar heridas e incluso como colirio.
Desde un punto de vista químico, la orina fresca es relativamente estéril y contiene amoníaco, lo que explica su uso como desinfectante primitivo. Sin embargo, su eficacia médica era limitada y su consumo o aplicación prolongada podía resultar perjudicial.
4. Mercurio: el veneno que se recetaba
Paradójicamente, uno de los remedios “naturales” más extendidos fue también uno de los más letales. El mercurio se utilizó en China, Grecia y Europa medieval para tratar enfermedades de la piel, parásitos y, siglos más tarde, la sífilis.
Se creía que, por ser un metal “vivo” y cambiante, podía expulsar las impurezas del cuerpo. En realidad, el mercurio provoca daños neurológicos graves, insuficiencia renal y, en muchos casos, la muerte. Aun así, se recetó durante más de mil años.
5. Cráneos humanos y el “polvo de momia”
En la Europa medieval y renacentista, consumir restos humanos no era tan extraño como pensamos. El polvo de cráneo humano se usaba para tratar dolores de cabeza y epilepsia, mientras que el llamado mumia —polvo obtenido de momias egipcias— se vendía en boticas como remedio para hemorragias internas.
La idea detrás de esta práctica era que la “esencia vital” de una persona podía transferirse al enfermo. Además de carecer de eficacia, este comercio fomentó la profanación de tumbas y un lucrativo mercado negro de cadáveres.
6. Animales vivos aplicados al cuerpo
Ranas, sanguijuelas, caracoles y peces vivos fueron utilizados directamente sobre el cuerpo del paciente.
-Las sanguijuelas, curiosamente, son el caso más exitoso: la hirudina que producen tiene propiedades anticoagulantes y todavía se usan en medicina moderna.
-Los caracoles triturados se aplicaban sobre heridas para acelerar la cicatrización.
-Peces vivos se colocaban sobre la piel para “absorber” enfermedades.
Aquí vemos cómo, entre superstición y casualidad, algunos tratamientos rozaron resultados reales.
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7. La teoría de los humores: curar desequilibrando
Muchos de estos remedios se apoyaban en la teoría de los cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra), dominante durante más de 2.000 años. Si el paciente estaba enfermo, era porque uno de esos humores estaba en exceso o defecto.
Por eso se sangraba a los enfermos, se les hacía vomitar o se les administraban sustancias tóxicas: no para curar directamente, sino para “reordenar” el cuerpo.
¿Por qué estos remedios sobrevivieron tanto tiempo?
La respuesta es simple: funcionaban… a veces. El efecto placebo, la remisión espontánea de enfermedades y la ausencia de alternativas más eficaces hicieron que estos tratamientos parecieran válidos.
Además, el conocimiento se transmitía por autoridad, no por experimentación. Si un médico famoso lo decía, se aceptaba como verdad.
De lo extraño a lo científico
Mirar atrás y reírnos de estos remedios es tentador, pero también injusto. Fueron pasos necesarios en el camino hacia la medicina basada en la evidencia. Muchos principios actuales —como el uso de plantas medicinales o la cirugía reconstructiva— tienen raíces en estas prácticas primitivas.
La gran diferencia es que hoy sabemos algo fundamental: que lo “natural” no es sinónimo de seguro ni de eficaz. Y que la ciencia avanza cuestionando, probando y, sobre todo, descartando ideas que no funcionan.

