Botánica
¿Pueden aprender las plantas?
Durante siglos, las plantas han sido consideradas organismos pasivos, casi mecánicos: crecen, florecen y mueren sin mayor interacción con su entorno. Sin embargo, en las últimas décadas, la ciencia ha empezado a cuestionar seriamente esta visión. Cada vez más estudios sugieren que los vegetales no solo reaccionan a estímulos, sino que podrían aprender, recordar y adaptarse de formas sorprendentemente complejas.
Pero ¿qué significa exactamente “aprender” en el caso de una planta? ¿Es correcto hablar de aprendizaje vegetal o estamos proyectando conceptos humanos donde no corresponden?
¿Qué es aprender desde el punto de vista científico?
En biología, el aprendizaje se define generalmente como un cambio relativamente permanente en el comportamiento de un organismo como resultado de la experiencia. Esta definición no exige necesariamente un cerebro ni neuronas, sino la capacidad de modificar respuestas futuras en función de estímulos pasados.
Bajo esta perspectiva, la pregunta clave no es si las plantas “piensan”, sino si pueden cambiar su comportamiento basándose en experiencias previas. Y aquí es donde la evidencia comienza a ser incómodamente convincente.
El experimento que sacudió la botánica: la mimosa que aprende
Uno de los estudios más citados sobre aprendizaje vegetal fue publicado en 2014 y tuvo como protagonista a Mimosa pudica, una planta conocida por cerrar sus hojas al ser tocada.
Los investigadores dejaron caer repetidamente las plantas desde una pequeña altura. Al principio, las mimosas cerraban sus hojas, interpretando la caída como una amenaza. Sin embargo, tras varios intentos, dejaron de cerrarlas. Lo realmente sorprendente fue que, semanas después, las plantas recordaban que la caída no era peligrosa y mantenían las hojas abiertas.
Este comportamiento cumple los criterios básicos de habituación, una forma simple de aprendizaje también presente en animales con sistema nervioso.
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Memoria sin cerebro: ¿cómo lo hacen?
Las plantas carecen de neuronas, pero eso no significa que no procesen información. En lugar de impulsos nerviosos, utilizan señales eléctricas, químicas y hormonales que recorren sus tejidos vasculares.
Investigaciones recientes han demostrado que:
-Las plantas generan potenciales eléctricos similares a los impulsos nerviosos.
-Son capaces de integrar múltiples estímulos (luz, gravedad, humedad, ataque de herbívoros).
-Pueden modificar la expresión genética en respuesta a experiencias pasadas.
En otras palabras, poseen una memoria fisiológica, distribuida por todo el organismo.
Comunicación, anticipación y toma de decisiones
El aprendizaje vegetal no se limita a experimentos de laboratorio. En la naturaleza, las plantas muestran comportamientos adaptativos sofisticados:
-Comunicación química: cuando una planta es atacada por insectos, puede liberar compuestos volátiles que alertan a otras plantas cercanas.
-Anticipación ambiental: algunas especies ajustan su crecimiento según patrones predecibles de luz y sombra.
-Optimización de recursos: las raíces exploran el suelo “probando” diferentes rutas y reforzando las más eficientes.
Estos procesos sugieren una forma básica de toma de decisiones, basada en la experiencia previa y el contexto ambiental.
¿Es correcto hablar de “inteligencia vegetal”?
Aquí es donde surge el debate. Muchos científicos aceptan que las plantas aprenden, pero rechazan el término “inteligencia” por sus connotaciones cognitivas humanas. Otros argumentan que necesitamos ampliar el concepto de inteligencia para incluir sistemas biológicos no neuronales.
Lo que parece claro es que las plantas:
-No son conscientes en el sentido humano.
-No tienen intenciones ni pensamientos.
-Pero sí poseen mecanismos complejos de procesamiento de información.
Negarlo, dicen algunos investigadores, es más una limitación cultural que científica.
Implicaciones para la agricultura y la ecología
Aceptar que las plantas pueden aprender no es solo una curiosidad filosófica. Tiene consecuencias prácticas importantes:
-Agricultura más eficiente: comprender cómo las plantas recuerdan el estrés puede mejorar el manejo de cultivos.
-Resiliencia climática: las plantas “entrenadas” frente a sequías o temperaturas extremas podrían adaptarse mejor.
-Ética ambiental: replantea nuestra relación con los vegetales y los ecosistemas.
Estamos empezando a ver a las plantas no como objetos, sino como organismos activos dentro de redes ecológicas complejas.

