Astronomía y geología
Un impacto cósmico asoló hace seis millones de años lo que hoy es Brasil
Unos investigadores han identificado un campo de tectitas que hasta ahora era desconocido. Las tectitas son vidrios naturales formados por el impacto de alta energía de cuerpos extraterrestres contra la superficie de la Tierra. Las estructuras, bautizadas como geraisitas, en alusión al estado brasileño de Minas Gerais donde fueron inicialmente encontradas, constituyen un nuevo campo de dispersión (strewn field), ampliando el aún incompleto registro de impactos cósmicos en América del Sur.
El estudio pionero sobre estas tectitas es obra de un equipo liderado por el geólogo Álvaro Penteado Crósta, profesor en el Instituto de Geociencias de la Universidad Estadual de Campinas (IG-Unicamp) de Brasil, en colaboración con investigadores de Brasil, Europa, Oriente Medio y Australia. El estudio ha contado además con el respaldo de la Fundación de Apoyo a la Investigación Científica del Estado de Sao Paulo (FAPESP), en Brasil.
Hasta ahora, solo cinco grandes campos de tectitas eran reconocidos en el planeta: Australasia, Europa Central, Costa de Marfil, América del Norte y Belice. El campo brasileño pasa ahora a formar parte de este grupo tan restringido.
Las geraisitas fueron localizadas inicialmente en tres municipios del norte de Minas Gerais (Taiobeiras, Curral de Dentro y São João do Paraíso) en una franja de cerca de 90 kilómetros de extensión. Desde la presentación del estudio, se han documentado más geraisitas, concretamente en los estados brasileños de Bahia y (más recientemente) Piauí, ampliando el área conocida a más de 900 kilómetros de extensión longitudinal. “Ese crecimiento del área es totalmente compatible con lo que se observa en otros campos de tectitas en el mundo. El tamaño del campo depende directamente de la energía del impacto, entre otros factores”, explica Crósta.
Hasta julio de 2025, los autores del estudio reunieron cerca de 500 especímenes, cantidad que ahora ya supera las 600 unidades con los hallazgos más recientes. Los fragmentos varían en peso desde menos de 1 gramo hasta 85,4 gramos, con tamaños que alcanzan cerca de 5 centímetros en el eje mayor. Las formas son típicas de tectitas aerodinámicas: esféricas, elipsoidales, en gotas, discoidales, en forma de haltera o retorcidas.
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Algunos ejemplos de geraisitas, en sus diferentes formas. (Imagen: Álvaro Penteado Crósta / IG-UNICAMP)
Aunque negras y opacas a primera vista, las geraisitas se vuelven translúcidas bajo luz intensa, exhibiendo una coloración verde grisácea, distinta de las moldavitas europeas, históricamente usadas como joyas desde la Edad Media por su característica tonalidad verde intensa. Sus superficies oscuras están marcadas por numerosas pequeñas cavidades. “Esas pequeñas cavidades son vestigios de burbujas de gas que escaparon durante el rápido enfriamiento del material fundido en su viaje por la atmósfera, un proceso también observado en lavas volcánicas, pero especialmente característico de las tectitas”, informa Crósta.
Los análisis geoquímicos muestran que las geraisitas tienen alto contenido de sílice (SiO₂), entre 70,3% y 73,7%. Los contenidos combinados de óxidos de sodio (Na₂O) y potasio (K₂O) varían entre 5,86% y 8,01%, ligeramente superiores a los observados en otros campos de tectitas. Se identificaron pequeñas variaciones en elementos traza, como cromo (10-48 partes por millón (ppm)) y níquel (9-63 ppm), lo que indica que el material original no era completamente homogéneo. Inclusiones raras de lechatelierita, una forma de sílice vítrea producida a temperaturas extremas, refuerzan el origen por impacto.
“Uno de los criterios decisivos para clasificar el material como tectita fue el bajísimo contenido de agua, medido por espectroscopía infrarroja: entre 71 y 107 ppm. En comparación, vidrios volcánicos como la obsidiana suelen contener de 700 ppm a un 2% de agua, mientras que las tectitas son notoriamente mucho más secas”, señala Crósta.
La datación realizada mediante la relación entre isótopos de argón (⁴⁰Ar/³⁹Ar) indica que el evento ocurrió hace cerca de 6,3 millones de años, al final del Mioceno. Se obtuvieron tres grupos de edades muy próximas (6,78 ± 0,02 millones de años, 6,40 ± 0,02 millones de años y 6,33 ± 0,02 millones de años), compatibles con un único evento de impacto. “La edad de 6,3 millones de años debe interpretarse como una edad máxima, pues parte del argón puede haber sido heredada de las rocas extremadamente antiguas que sirvieron de blanco al impacto”, comenta el investigador.
Hasta el momento, no se ha identificado ningún cráter asociado. Según Crósta, esto no es inusual: de los seis grandes campos clásicos de tectitas, solo tres tienen cráteres conocidos. En el caso del mayor de ellos, el de Australasia, el cráter es hipotéticamente oceánico. En Brasil, la geoquímica isotópica señala que el material fundido tiene origen en corteza continental arqueana, con edades entre 3000 millones de años y 3300 millones. Esto orienta la búsqueda hacia el cratón (porción antigua y geológicamente estable de la corteza continental) del São Francisco, una de las regiones más antiguas del continente sudamericano. “La firma isotópica indica una roca fuente continental, granítica, muy antigua. Eso reduce considerablemente el universo de áreas candidatas”, afirma Crósta. Métodos aerogeofísicos, como levantamientos magnéticos y gravimétricos, podrán en el futuro revelar anomalías circulares asociadas a un cráter enterrado o erosionado.
Aunque aún no es posible estimar con precisión el tamaño del cuerpo impactante, los investigadores consideran improbable que fuese pequeño. La gran cantidad de material fundido y la amplia área de dispersión indican un impacto de energía significativa, aunque menor que el evento responsable del campo de Australasia, que se extiende por miles de kilómetros.
Actualmente, el equipo trabaja con modelado matemático de impactos, buscando estimar parámetros como energía liberada, velocidad, ángulo de entrada y volumen de roca fundida, a medida que se obtienen nuevos datos sobre la distribución espacial de las geraisitas. El descubrimiento de las geraisitas refuerza la idea de que las tectitas pueden ser más comunes de lo que se suponía, pero con frecuencia pasan desapercibidas o son confundidas con vidrios comunes.
El estudio se titula “Geraisite: The first tektite occurrence in Brazil”. Y se ha publicado en la revista académica Geology. (Fuente: FAPESP)

