Relato de ciencia ficción
Obsolescencia Ocular (Víctor Arenas) (Relato de CF)
Los niveles inferiores de la megalópolis de Cascadia proporcionaban una sensación deplorable de estofado de algas sintéticas. Jaxen parpadeó, y el mundo se convirtió momentáneamente en una sopa de píxeles del tamaño de ladrillos. Una notificación en rojo chillón apareció en el centro de su campo visual, bloqueando su visión del callejón.
AVISO DE SUSCRIPCIÓN: Su plan Retina-Pro (Premium) ha expirado. Su visión ha sido degradada a Modo Supervivencia (144p). Por favor, pase por un terminal de pago de Optic-Corp para restaurar la alta definición.
—Maldita sea —gruñó Jaxen. Su voz sonó ronca en el aire viciado—. Un segundo más y ese traficante de datos se me escapa.
Tanteó la pared de hormigón húmedo. Con una resolución de 144p, los bordes de la realidad desaparecían. Las luces de neón de los carteles publicitarios eran manchas informes de color fucsia y cian que herían sus córneas artificiales.
—¿Problemas de visión, Jax? —La voz de Lyra llegó a través de su canal auditivo, clara y nítida, un contraste doloroso con su ceguera funcional.
—El pago no se procesó —respondió Jaxen, forzando la vista para distinguir la silueta que corría al final del callejón—. El banco bloqueó mis activos de nuevo. Estoy viendo el mundo a través de un cristal esmerilado.
—Activa el parche de filtrado que te di —sugirió Lyra—. Debería darte al menos unos minutos de nitidez antes de que el servidor de Optic-Corp detecte la anomalía.
Jaxen ejecutó el comando mental. Hubo un chasquido estático en su cerebro y, de repente, la resolución saltó a una nitidez quirúrgica. El callejón recuperó sus detalles: las grietas en el pavimento, los cables colgantes que goteaban condensación y la figura de su objetivo, un hombre delgado con una chaqueta de fibra óptica que intentaba escalar una rejilla de ventilación.
Jaxen echó a correr. Sus pulmones, reforzados con filtros de aerogel, procesaban el aire contaminado sin esfuerzo. Alcanzó al hombre justo cuando este llegaba a la cima de la rejilla. Con un movimiento preciso, Jaxen lo agarró del tobillo y lo lanzó de vuelta al suelo.
—¡Espera! —gritó el hombre, cubriéndose la cara—. ¡Soy un ciudadano con derechos! ¡Tengo un seguro de visión básico!
—Tu seguro básico solo cubre accidentes —dijo Jaxen, inmovilizándolo con una rodilla sobre el pecho—. El robo de secretos corporativos de Optic-Corp anula cualquier contrato de servicio. Ahora, dime dónde está el código fuente.
El hombre, cuyo nombre en los archivos de la policía era Silas, empezó a reír. Era una risa histérica que revelaba unos dientes amarillentos por el tabaco químico.
—¿El código? —silbó Silas—. Crees que estoy robando software. Eres un perro fiel, detective. Estás protegiendo a los dueños de tus propios ojos. ¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que realmente filtran tus lentes?
—Filtra la contaminación visual. Optimiza la luz. Elimina los anuncios intrusivos —respondió Jaxen de forma mecánica.
—Eso es lo que dice el manual —Silas se acercó, su mirada fija en las pupilas mecánicas de Jaxen—. La realidad es otra. Optic-Corp no solo te vende resolución. Te vende una mentira cohesiva. Si vieras lo que yo he visto... si quitaras los filtros de renderizado...
De repente, la visión de Jaxen volvió a parpadear. El parche de Lyra había sido detectado.
DETECCION DE SOFTWARE NO AUTORIZADO. Iniciando protocolo de castigo visual. Publicidad obligatoria en curso.
Un anuncio de refrescos burbujeantes, con colores tan brillantes que le causaron una migraña instantánea, se desplegó en su retina. La música del anuncio, un jingle alegre y estúpido, inundó sus oídos. Jaxen se tambaleó, soltando a Silas.
—¡Jaxen! ¡Sal de ahí! —gritó Lyra por el canal—. Están enviando un equipo de respuesta rápida. Han marcado tus ojos como "hardware comprometido".
Cuando el anuncio terminó, Silas ya no estaba. En su lugar, el callejón estaba inundado por una neblina densa y gris. Jaxen intentó limpiar sus lentes internas, pero el error persistía. Su visión estaba ahora en escala de grises, con una marca de agua persistente que decía: "PROPIEDAD DE OPTIC-CORP".
Jaxen se refugió en el taller de Lyra, un sótano oculto tras una tienda de componentes electrónicos obsoletos. Lyra era una "escultora de luz", una hacker que se especializaba en desviar las señales de los nervios ópticos para evitar las suscripciones obligatorias.
—Tienes problemas graves, Jax —dijo Lyra mientras conectaba un cable a la toma de la nuca del detective—. Tu ID de hardware ha sido puesta en una lista negra. En doce horas, tus ojos entrarán en modo de "bloqueo total". Te quedarás a oscuras de forma permanente.
—Silas dijo algo —murmuró Jaxen, sentado en la silla de operaciones—. Dijo que la empresa nos está ocultando algo. Que los filtros no son para nuestra comodidad.
Lyra se detuvo, con el soldador láser en la mano.
—Es una teoría de conspiración vieja, Jax. Dicen que el mundo exterior es tan horrible que la empresa prefiere darnos una versión renderizada y bonita para mantener la productividad.
—Pero el renderizado gasta energía —argumentó Jaxen—. ¿Por qué molestarse en procesar una imagen falsa si la realidad es más barata?
—Por el control. Si controlas lo que la gente ve, controlas sus deseos. Si ves una hamburguesa deliciosa en lugar de un bloque de proteína de insectos, trabajarás más duro para comprarla.
Jaxen cerró los ojos. Sentía el calor del láser trabajando cerca de sus nervios.
—Quiero ver lo que Silas vio. Quiero que desactives todos los filtros. No solo el de la resolución. Quiero el modo puro. El raw data.
Lyra palideció.
—Jax, eso es peligroso. El procesamiento de imagen de Optic-Corp también protege tu cerebro de las sobrecargas. Sin los búferes de imagen, podrías sufrir un ataque epiléptico o algo peor. Nadie mira la realidad pura. Es... ruidosa.
—Hazlo. Si voy a quedar ciego en doce horas, prefiero saber qué es lo que estuve ignorando toda mi vida.
Lyra suspiró y tecleó una serie de códigos complejos. El taller de Lyra estaba lleno de piezas de repuesto, sensores ópticos de desguace y pantallas parpadeantes. Era un lugar sucio, pero en la visión habitual de Jaxen, se veía como un laboratorio vanguardista de estilo industrial.
—Prepárate —advirtió Lyra—. Voy a cortar el cordón umbilical con el servidor de renderizado central.
![[Img #78598]](https://noticiasdelaciencia.com/upload/images/04_2026/3871_obsolescencia-ocular-gemini_generated_image_s26bq2s26bq2s26b.png)
Hubo un silencio absoluto. Luego, un dolor punzante, como si mil agujas calientes atravesaran sus globos oculares. Jaxen gritó y cayó al suelo, llevándose las manos a la cara.
—¡Cierra los ojos! ¡Jax, concéntrate! —la voz de Lyra sonaba lejana, casi distorsionada por un eco extraño.
Jaxen abrió los ojos lentamente. Al principio, solo vio estática. Un ruido blanco visual que lo mareaba. Pero poco a poco, sus ojos biológicos —lo que quedaba de ellos bajo la maquinaria— y sus procesadores locales empezaron a interpretar la luz sin la ayuda de los algoritmos de la corporación.
Miró sus manos. No eran las manos enguantadas en cuero sintético de un detective. Eran extremidades pálidas, cubiertas de una capa de polvo grisáceo. Miró a Lyra. Ella no era la mujer joven de rasgos afilados y cabello neón que él conocía. Era una figura encorvada, con la piel llena de llagas y parches de metal oxidado que sobresalían de su carne.
—¿Lyra? —su voz sonó diferente. Ya no tenía el filtro de corrección tonal que hacía que todos parecieran protagonistas de una película.
—Estoy aquí, Jax. ¿Qué ves?
Jaxen miró el taller. Las paredes de "estilo industrial" eran en realidad montones de basura acumulada. Los cables no eran de fibra de alta velocidad, sino filamentos de cobre corroído que echaban chispas. La habitación estaba sumida en una penumbra opresiva, rota solo por la luz mortecina de unas lámparas que zumbaban con un sonido agónico.
—Es... horrible —susurró Jaxen—. Pero eso no es lo peor.
Se levantó y caminó hacia la pequeña ventana que daba a la calle. Estaba cubierta por una capa de mugre tan gruesa que parecía opaca. Jaxen usó la manga de su chaqueta —un harapo sucio— para limpiar un pequeño círculo.
Miró hacia afuera.
La ciudad de Cascadia, la joya de la costa oeste, la metrópolis de los rascacielos de cristal y las luces infinitas, no existía.
Frente a sus ojos se extendía un páramo de ruinas negras bajo un cielo de color ceniza. Los "rascacielos" eran esqueletos de acero retorcido, restos de una civilización que parecía haber colapsado hacía décadas. No había coches voladores, solo drones oxidados que patrullaban los escombros como insectos necrófagos.
—Lyra —dijo Jaxen, con la voz quebrada—, no hay luces. No hay anuncios. No hay gente en las calles.
—¿De qué hablas? El escáner dice que hay miles de ciudadanos en el sector —respondió ella, todavía bajo el efecto de sus propios filtros.
Jaxen se fijó mejor. En los escombros de la calle inferior, vio figuras. Cientos de personas estaban sentadas en el suelo, inmóviles. Tenían los ojos abiertos, fijos en el vacío. Sus cuerpos estaban conectados a unos postes de metal que surgían de las alcantarillas. Estaban delgados hasta los huesos, con sondas alimenticias insertadas en sus estómagos.
—No están viviendo, Lyra —dijo Jaxen, alejándose de la ventana con horror—. Estamos en un vertedero. Todos nosotros. La corporación no nos vende una suscripción para ver mejor... nos vende la suscripción para creer que estamos vivos.
—Jax, me estás asustando. Mis sensores dicen que el aire está a 22 grados y que hay un desfile holográfico en la avenida principal —dijo Lyra, cuya voz empezaba a temblar.
—Tus sensores te mienten. El software de Optic-Corp intercepta incluso los receptores de temperatura de tu piel. Te hace sentir calor cuando te estás congelando. Te hace sentir saciado cuando tu cuerpo está consumiendo sus propios músculos.
Jaxen comprendió entonces por qué Silas reía. El "robo de datos" no era para vender secretos industriales. Silas quería difundir el virus que desactivara los filtros a nivel global. Quería despertar a la humanidad de su sueño digital antes de que los cuerpos se marchitaran por completo.
—Tenemos que ir a la antena central —dijo Jaxen, agarrando a Lyra por los hombros. La piel de ella se sentía fría y pegajosa, real de una forma insoportable—. Si inyecto el código de Silas en el repetidor principal, todos verán lo mismo que yo. El renderizado se detendrá.
—Si haces eso —dijo Lyra, con lágrimas cayendo por sus mejillas (aunque en la mente de ella, esas lágrimas probablemente se veían como diamantes relucientes)—, el choque psicológico matará a la mitad de la población. La gente no puede soportar la verdad después de tanto tiempo.
—Si no lo hago, moriremos todos en este vertedero mientras soñamos con cócteles y rascacielos.
Salieron del taller. Para Jaxen, el camino fue una pesadilla de escombros y cuerpos semimuertos. Tenía que evitar pisar a los "ciudadanos" que estaban sumergidos en su realidad virtual, alimentados por goteos de nutrientes sintéticos controlados por Optic-Corp.
Llegaron a la base de la torre central. En la visión de Lyra, era un pilar de luz blanca que tocaba las nubes. En la visión de Jaxen, era una chimenea de hormigón negro rodeada de alambre de espino.
—¡Alto! —Una voz atronadora bajó desde las alturas.
Un equipo de seguridad de Optic-Corp descendió. En la visión normal, habrían parecido caballeros con armaduras brillantes y armas láser. Para Jaxen, eran hombres esqueléticos montados en exoesqueletos hidráulicos rudimentarios, con rifles que disparaban proyectiles de plomo.
Jaxen utilizó su conocimiento de la infraestructura real. Sabía dónde estaban los agujeros en el suelo que los demás no podían ver porque estaban cubiertos por "aceras virtuales". Logró flanquear a los guardias, moviéndose como un fantasma en un mundo que ellos no reconocían.
—¡Lyra, el código! —gritó mientras llegaba a la consola de control.
La consola era una caja de metal llena de interruptores mecánicos. No había teclados holográficos. Jaxen conectó su terminal portátil y comenzó la carga.
—¿Jaxen? —La voz de Silas resonó detrás de él.
Jaxen se giró. Silas estaba allí, pero ya no parecía un delincuente. Estaba vestido con una túnica limpia y sus ojos eran completamente negros, sin iris ni pupila.
—Has llegado lejos, detective —dijo Silas con una calma absoluta.
—Voy a hacerlo, Silas. Voy a liberar a todo el mundo.
Silas sonrió. No era una sonrisa de triunfo, sino de lástima.
—¿Liberarlos? Jaxen, mira a tu alrededor con atención. Mira la torre. Mira el código que estás inyectando.
Jaxen miró la pantalla de su terminal. El código no era un virus de desactivación. Era una secuencia de actualización.
—¿Qué es esto? —preguntó Jaxen, con los dedos temblando sobre el interruptor.
—Optic-Corp no es una empresa de software, Jaxen. Ni siquiera somos humanos —dijo Silas—. El mundo exterior no quedó así por una guerra o un colapso económico. Quedó así porque la atmósfera de la Tierra se volvió tóxica para la vida basada en carbono hace trescientos años.
Jaxen sintió que el suelo se desplazaba bajo sus pies.
—Eso... eso es imposible.
—No lo es. Los que ves en las calles, conectados a los postes, no están soñando por placer. Sus mentes están procesando los cálculos necesarios para mantener en funcionamiento los purificadores atmosféricos de la alta atmósfera. Son unidades de procesamiento biológico.
—¿Y el renderizado? —preguntó Jaxen, con la voz casi inaudible.
—Es el lubricante psicológico. Una mente humana se vuelve loca y muere en cuestión de días si sabe que es solo un procesador en un mundo muerto. Les damos la ilusión de Cascadia para que sus cerebros sigan emitiendo las señales eléctricas que necesitamos para que el planeta siga siendo, al menos, habitable para las máquinas.
Jaxen miró el interruptor.
—Entonces, ¿qué es este código que me diste?
—Es la actualización 2.0. —Silas se acercó—. La versión actual está degradándose. La gente está empezando a ver las grietas, como te pasó a ti. Este código borrará la memoria de los últimos tres días y reinstalará una versión más estable de la realidad. Cascadia será más brillante que nunca. Habrá nuevas tiendas, nuevos empleos virtuales, nuevas esperanzas.
—Estás pidiéndome que los condene a seguir siendo esclavos —dijo Jaxen.
—Te estoy pidiendo que los salves de la locura. Si los despiertas ahora, verán el mundo muerto, sentirán el aire venenoso en sus pulmones y morirán en una agonía indescriptible en menos de diez minutos. No hay vuelta atrás, Jaxen. La Tierra ya no es para los humanos. Solo queda el sueño.
Jaxen miró a Lyra. Ella estaba allí, con la mirada perdida, viendo un desfile que no existía, sonriendo a un cielo que era ceniza.
—¿Y yo? —preguntó Jaxen—. Ya no puedo volver a soñar. He visto la verdad.
—Tú eres un error del sistema, Jaxen. Pero incluso los errores tienen un propósito. Puedes aceptar la actualización y olvidar, o puedes quedarte aquí, en el páramo, siendo el único hombre despierto en una tumba global.
Jaxen miró la palanca. Miró la mano de Lyra, que buscaba la suya en la ceguera de su propia ilusión.
Cerró los ojos. O los abrió por última vez.
Sus dedos apretaron el interruptor.
Jaxen parpadeó. El sol de la mañana entraba por el ventanal de su oficina en el piso 50. La ciudad de Cascadia brillaba con un esplendor renovado. Los coches voladores zumbaban en una armonía perfecta y el aire olía a café recién hecho y jazmín.
Una notificación apareció en su campo visual, de un azul relajante.
¡FELICIDADES! Su suscripción Retina-Pro (Premium) ha sido actualizada a la versión Eternity. Gracias por ser un ciudadano ejemplar de Optic-Corp. La realidad nunca se vio tan bien.
Jaxen sonrió. Se sentía extrañamente descansado, como si hubiera tenido una pesadilla que ya no podía recordar.
—¿Jax? ¿Estás ahí? —La voz de Lyra entró por el canal. Sonaba joven, alegre, llena de vida.
—Aquí estoy, Lyra. ¿Qué tenemos para hoy?
—Un caso nuevo. Un tipo que dice que ha visto algo extraño en el cielo. Un fallo en las texturas de las nubes, o algo así. Otro loco de las conspiraciones.
Jaxen miró por la ventana. Las nubes eran perfectas. Blancas, esponjosas, infinitas.
—Trae el archivo —dijo Jaxen, ajustándose la corbata de seda sintética—. Me encanta atrapar a los que intentan arruinar este mundo tan hermoso.
Se sentó en su silla de cuero, ignorando por completo el leve zumbido estático que, en el fondo de su cerebro, sonaba como el grito ahogado de un planeta que ya no podía respirar.
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