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Redacción
Martes, 23 de Junio de 2026
Historia de la Ciencia

Cómo Corneille Heymans descubrió el termostato de nuestra presión arterial

¿Cómo sabe nuestro cuerpo cuándo el corazón debe latir más rápido? ¿Qué mecanismo le avisa al cerebro de que nos falta oxígeno cuando escalamos una montaña o cuando contenemos la respiración? Durante siglos, la medicina creyó que la sangre misma, al bañar directamente las células cerebrales, dictaba estas órdenes. Pero en la década de 1920, un científico belga demostró que el cuerpo humano es mucho más sofisticado.

 

Su nombre era Corneille Heymans, y su descubrimiento de los quimiorreceptores y barorreceptores no solo le valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1938, sino que revolucionó para siempre nuestra comprensión del sistema cardiovascular y respiratorio.

 

El laboratorio como herencia familiar

 

Corneille Jean François Heymans nació en Gante, Bélgica, el 28 de marzo de 1892. No es de extrañar que acabara dedicándose a la ciencia: la medicina corría por sus venas. Su padre, Jean-François Heymans, era un reputado profesor de farmacología y fundador del Instituto de Farmacodinamia y Terapéutica de la Universidad de Gante.

 

Tras combatir en la Primera Guerra Mundial como oficial de artillería, Corneille regresó a las aulas y se graduó como médico en 1920. Lejos de conformarse con la práctica clínica tradicional, se sintió fascinado por la investigación experimental. Tras formarse en los mejores laboratorios de París, Lausana, Viena y Londres, regresó a su Gante natal para trabajar codo con codo con su padre. En 1930, asumiría la dirección del instituto paterno.

 

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(Foto: Nobel Foundation)

 

El experimento del "perro aislado": Un golpe de genialidad técnica

 

A principios del siglo XX, la comunidad científica asumía que el cerebro monitorizaba la presión arterial y la respiración analizando directamente la sangre que le llegaba a través de las arterias. Sin embargo, los Heymans (padre e hijo) sospechaban que el sistema era mucho más rápido y descentralizado.

 

Para demostrarlo, Corneille diseñó un experimento de una complejidad técnica asombrosa para la época, conocido como el método del perro con la cabeza perfundida de forma aislada.

 

Aisló la cabeza de un perro ("perro B") del resto de su cuerpo, manteniéndola unida únicamente por los delicados nervios vago y glosofaríngeo. Para que la cabeza del perro B siguiera viva, conectó sus vasos sanguíneos al sistema circulatorio de un segundo perro ("perro A").

 

El resultado fue revelador: cuando alteraban la presión sanguínea o la composición química de la sangre en el cuerpo del perro B (que ya no enviaba sangre a su propia cabeza), la respiración y el ritmo cardíaco registrados en su cabeza aislada cambiaban instantáneamente. La comunicación no era química; era eléctrica. Viajaba a través de los nervios.

 

El descubrimiento del seno carotídeo: Los sensores de la vida

 

Heymans demostró que la zona de bifurcación de la arteria carótida (el seno carotídeo) y el arco de la aorta no eran simples conductos sanguíneos. Funcionaban como auténticas estaciones meteorológicas del cuerpo humano, equipadas con dos tipos de sensores cruciales:

 

-Barorreceptores: Sensores mecánicos que detectan la distensión de las paredes arteriales. Si la presión sube demasiado, envían una señal reflexiva al cerebro para ralentizar el corazón y dilatar los vasos, bajando la presión. Si la presión cae, provocan el efecto contrario.

-Quimiorreceptores: Agrupados en el llamado cuerpo carotídeo, estos sensores analizan químicamente la sangre. Son extremadamente sensibles a la caída de los niveles de oxígeno (O2) y al aumento de dióxido de carbono (CO2) o la acidez. Si detectan que nos asfixiamos, ordenan al cerebro hiperventilar de inmediato de forma involuntaria.

 

Este hallazgo derribó el dogma clásico. El cerebro no decidía por sí solo; dependía de una red periférica de "chivatos" que le informaban en tiempo real.

 

El Premio Nobel

 

El impacto de las investigaciones de Heymans fue tan directo y trascendental que la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1938. Debido a las tensiones prebélicas en Europa, Heymans no pudo viajar a Estocolmo a recibirlo, por lo que se le entregó en una ceremonia especial en Gante en 1939.

 

Más allá del galardón, el descubrimiento de Heymans sentó las bases de la medicina moderna en campos tan críticos como:

 

-La comprensión de la hipertensión arterial: Permitió entender cómo el cuerpo regula la presión a largo plazo y cómo fallan estos mecanismos en los pacientes hipertensos.

-La anestesiología moderna: Al saber cómo reaccionan los quimiorreceptores a la falta de oxígeno y a los fármacos, se pudieron diseñar anestesias mucho más seguras, monitorizando la respiración del paciente de forma científica.

-El tratamiento del shock cardiovascular: Salvó innumerables vidas al permitir el desarrollo de medicamentos que actúan directamente sobre estos reflejos reguladores en situaciones de emergencia.

 

El ciudadano del mundo

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, Heymans utilizó su prestigio internacional para dirigir misiones de ayuda humanitaria, facilitando el suministro de medicamentos y alimentos para la población civil belga a través de la Cruz Roja.

 

Tras la guerra, se convirtió en un embajador global de la ciencia, viajando por todo el mundo para dictar conferencias, asesorar a universidades y colaborar con la Organización Mundial de la Salud (OMS). Falleció el 18 de julio de 1968 en Knokke, una localidad costera belga, dejando un legado incalculable.

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