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Redacción
Lunes, 29 de Junio de 2026
Historia de la Ciencia

Jules Bordet, el Nobel que descifró las armas secretas de nuestra sangre

La inmunología moderna le debe casi todo a un hombre que, con un microscopio rudimentario y una paciencia infinita, logró ver lo que para otros era invisible. A finales del siglo XIX, la medicina sabía que el cuerpo humano podía defenderse de las infecciones, pero el cómo seguía siendo un misterio absoluto. Fue el médico y bacteriólogo belga Jules Bordet quien desveló el mecanismo básico de nuestras defensas, un hallazgo que no solo le valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1919, sino que sentó las bases para el diagnóstico de enfermedades que habían diezmado a la humanidad durante siglos.

 

El joven prodigio del Instituto Pasteur

 

Nacido en Soignies, Bélgica, en 1870, Jules Jean Baptiste Vincent Bordet demostró una inclinación natural por la ciencia desde muy joven. Se graduó como doctor en medicina por la Universidad Libre de Bruselas con apenas 22 años. Su brillantez llamó la atención del gobierno belga, que le otorgó una beca para ingresar en el prestigioso Instituto Pasteur de París en 1894.

 

En París, Bordet trabajó codo con codo con figuras de la talla de Élie Metchnikoff, el defensor de la teoría celular de la inmunidad (la idea de que las células blancas de la sangre devoran a los invasores). En este entorno de ebullición científica, el joven belga empezó a obsesionarse con el plasma sanguíneo y su capacidad para destruir bacterias de forma autónoma, sin necesidad de la intervención directa de las células.

 

El gran descubrimiento: El "complemento" y la destrucción bacteriana

 

Hasta la llegada de Bordet, se sabía que el suero sanguíneo de un animal vacunado contra una enfermedad podía destruir la bacteria causante. Sin embargo, el mecanismo exacto era un enigma. En 1895, con solo 25 años, Bordet publicó un experimento revolucionario que resolvió el rompecabezas.

 

El científico demostró que la destrucción de las bacterias (un proceso conocido como bacteriólisis) requiere la acción conjunta de dos sustancias distintas presentes en el suero:

 

-El factor específico (Anticuerpo): Una sustancia termoestable (resistente al calor) que solo se encuentra en el organismo si este ha estado expuesto previamente a la enfermedad. Su función es unirse al invasor de forma específica.

 

-El factor inespecífico (Complemento): Una sustancia termolábil (destruida por el calor) que está presente de forma natural en todos los animales sanos. Bordet la llamó originalmente alexina, pero más tarde se popularizó con el término de sistema del complemento.

 

La magia del descubrimiento de Bordet radicaba en que el anticuerpo, por sí solo, no podía matar a la bacteria; actuaba como una llave o un marcador que permitía al "complemento" unirse a la célula invasora y perforar su membrana hasta destruirla. Este hallazgo cambió para siempre la comprensión de la respuesta inmunitaria innata y adaptativa.

 

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(Foto: A. B. Lagrelius & Westphal, Stockholm/Wikimedia Commons)

 

La prueba de la fijación del complemento: El nacimiento del diagnóstico moderno

 

Bordet no se limitó a la teoría. Junto a su cuñado, el también científico Octave Gengou, utilizó este principio para desarrollar una técnica diagnóstica que revolucionaría la medicina pública: la prueba de la fijación del complemento.

 

Si el suero de un paciente contenía anticuerpos específicos contra una enfermedad, estos se unían al antígeno y "consumían" o fijaban el complemento disponible. Si no había anticuerpos, el complemento quedaba libre. Este ingenioso sistema de medición indirecta permitió diagnosticar con precisión matemática enfermedades que hasta entonces eran difíciles de detectar en sus fases tempranas.

 

La aplicación más famosa de este método la realizó August von Wassermann pocos años después, creando el célebre test de Wassermann para la sífilis, una enfermedad que estigmatizaba y destruía miles de vidas en la Europa de la época. Gracias al trabajo previo de Bordet, la sífilis pudo empezar a detectarse y controlarse de manera eficaz.

 

El hallazgo de la tos ferina: El bacilo de Bordet-Gengou

 

En 1901, Bordet regresó a Bélgica para fundar y dirigir el Instituto Pasteur de Bruselas (hoy en día conocido como Instituto Jules Bordet). Allí, de nuevo junto a Gengou, centró sus esfuerzos en una de las mayores causas de mortalidad infantil de la época: la tos ferina.

 

Tras años de meticulosas investigaciones, en 1906 lograron aislar por primera vez la bacteria responsable de esta enfermedad respiratoria, bautizada en su honor como Bordetella pertussis (o bacilo de Bordet-Gengou). Este aislamiento fue el primer paso crucial para el desarrollo, décadas más tarde, de la vacuna que hoy en día protege a millones de niños en todo el mundo.

 

El reconocimiento mundial

 

La Primera Guerra Mundial retrasó la entrega de los máximos galardones de la ciencia, pero en 1920 (correspondiente al año 1919), la Asamblea del Instituto Karolinska otorgó a Jules Bordet el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos relativos a la inmunidad.

 

Bordet pasó el resto de su vida dedicado a la enseñanza, la investigación del cáncer y el estudio de los bacteriófagos (virus que infectan bacterias). Fue un científico de una honestidad intelectual intachable, respetado por sus colegas internacionales y adorado por sus alumnos de la Universidad de Bruselas. Falleció en 1961, a los 90 años, habiendo sido testigo de cómo sus investigaciones abrían las puertas a la era de las vacunas modernas y los tratamientos con anticuerpos monoclonales.

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