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Redacción
Martes, 30 de Junio de 2026
Neurología

¿Es posible borrar recuerdos traumáticos de la mente?

Olvidar un trauma a voluntad ha sido, durante décadas, el santo grial de la ciencia ficción. Desde clásicos del cine como Olvídate de mí (Eternal Sunshine of the Spotless Mind) hasta novelas de anticipación tecnológica, la idea de extirpar quirúrgica o selectivamente los peores momentos de nuestra vida fascina y aterra a partes iguales.

 

Hoy, la neurociencia está demostrando que esta premisa no pertenece únicamente a la ficción. La combinación de fármacos de precisión y técnicas de vanguardia como la optogenética sugiere que la memoria humana no es un registro inmutable grabado en piedra, sino un lienzo dinámico que, bajo las condiciones adecuadas, podría ser editado.

 

La paradoja de la memoria: ¿por qué los recuerdos cambian al revivirlos?

 

Para entender cómo se puede borrar un recuerdo, primero debemos derribar un mito: la memoria no funciona como el disco duro de un ordenador. No guardamos un archivo de vídeo y lo reproducimos intacto años después.

 

Cada vez que recuperamos un recuerdo, este se vuelve inestable y maleable. Este fenómeno biológico se conoce como reconsolidación de la memoria. Durante una ventana de tiempo de unas pocas horas tras evocar un suceso, las conexiones neuronales que lo sustentan se debilitan temporalmente antes de volver a fijarse. Es en este preciso instante de vulnerabilidad neurobiológica donde la ciencia ha encontrado la grieta para intervenir.

 

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Fármacos contra el trauma: debilitar el dolor de la huella mnémica

 

Una de las vías más prometedoras y con aplicaciones en humanos utiliza compuestos químicos para bloquear la reconsolidación del miedo.

 

-El efecto del Propranolol: Este fármaco beta-bloqueante, utilizado tradicionalmente para la hipertensión, ha demostrado resultados sorprendentes en el tratamiento del Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Al administrarse inmediatamente después de que el paciente rememore el trauma bajo supervisión clínica, el Propranolol bloquea la acción de la noradrenalina en la amígdala (el centro del miedo en el cerebro). El resultado no es el borrado literal del hecho (el paciente sigue recordando qué pasó), sino la desconexión de la carga emocional destructiva asociada a él. El recuerdo se convierte en una historia neutra, desprovista del terror físico original.

 

-Inhibidores de la síntesis de proteínas: En modelos animales, la inyección de compuestos que frenan la creación de nuevas proteínas en el cerebro durante la fase de reconsolidación ha logrado la supresión casi total de recuerdos específicos de miedo de forma permanente.

 

Optogenética: esculpir la mente con haces de luz

 

Si los fármacos actúan como un mazo que afecta a regiones enteras del cerebro, la optogenética es el bisturí definitivo. Esta técnica combina la modificación genética y la estimulación lumínica para controlar neuronas específicas con una precisión milimétrica.

 

El proceso experimental, liderado por laboratorios de élite en el MIT, funciona de la siguiente manera:

 

-Identificación del engrama: Cuando un sujeto experimenta un evento traumático, un grupo concreto de neuronas se activa simultáneamente. A este mapa físico del recuerdo se le denomina engrama.

 

-Modificación genética: Mediante virus inofensivos, se introducen proteínas fotosensibles (extraídas de algas) exclusivamente en las neuronas que forman ese engrama específico.

 

-Desactivación por luz: Al proyectar pulsos de luz láser a través de microfibra óptica directamente sobre esas células, los científicos han logrado "apagar" o "encender" el recuerdo a voluntad en ratones de laboratorio, borrando el comportamiento de pánico asociado al trauma de forma selectiva.

 

Aunque la naturaleza invasiva de la optogenética impide su aplicación actual en humanos, representa la prueba de concepto más sólida de que los recuerdos son estructuras físicas localizables y manipulables.

 

El debate ético: ¿quiénes somos sin nuestros fantasmas?

 

La posibilidad real de editar la memoria humana abre un abismo de dilemas éticos y filosóficos que la comunidad científica no puede ignorar.

 

La identidad humana se construye a través de la experiencia, y el aprendizaje derivado del sufrimiento y el error es un pilar fundamental de nuestra resiliencia. ¿Qué ocurriría si los tribunales pudieran borrar los recuerdos de un testigo? ¿O si los gobiernos decidieran mitigar el remordimiento de los soldados tras el combate?

 

La frontera entre el alivio terapéutico de un trauma incapacitante (como el TEPT severo) y la alteración artificial de la experiencia humana es sumamente delgada. La ciencia avanza a contrarreloj para dominar los mecanismos moleculares del olvido, pero la sociedad deberá decidir, más pronto que tarde, dónde fijar el límite de lo indomable.

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