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Redacción
Martes, 14 de Julio de 2026
Historia de la Ciencia

Albert Szent-Györgyi y el arte de mirar lo que nadie más vio

¿Qué diferencia a un buen científico de un genio? El propio Albert Szent-Györgyi lo resumió en una frase que se convirtió en el mantra de la investigación moderna: "Descubrir consiste en ver lo que todo el mundo ha visto, y pensar lo que nadie más ha pensado".

 

Esta filosofía no solo lo llevó a ganar el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1937, sino que transformó por completo nuestra comprensión de la nutrición, la contracción muscular y la propia vida a nivel celular. Desde los laboratorios de una Hungría en crisis hasta el exilio en Estados Unidos, la vida de Szent-Györgyi fue una constante aventura intelectual contra el dogma establecido.

 

El enigma de la misteriosa "molécula antiescorbútica"

 

A principios del siglo XX, el escorbuto seguía siendo un viejo fantasma que acechaba a quienes pasaban largos periodos sin consumir alimentos frescos. Se sabía que los cítricos prevenían esta enfermedad que debilitaba los vasos sanguíneos y deshacía el colágeno, pero la sustancia exacta que obraba el milagro seguía siendo un misterio bioquímico.

 

Szent-Györgyi no empezó buscando una cura para el escorbuto. Su interés original estaba en los mecanismos de oxidación de las plantas y en cómo estas gestionaban la energía. Fue durante sus investigaciones en la Universidad de Cambridge y, más tarde, en la Universidad de Szeged, cuando aisló un compuesto orgánico peculiar a partir de las glándulas suprarrenales de los animales y de los jugos de varias plantas.

 

Inicialmente lo bautizó de forma jocosa como "ignosa" (haciendo alusión a un azúcar desconocido, ignos), pero los editores de las revistas científicas de la época, poco dados al humor, le obligaron a buscar un término más formal. Al descubrir que poseía seis átomos de carbono y propiedades ácidas, lo llamó ácido hexurónico.

 

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(Foto: J.W. McGuire)

 

Del pimiento húngaro al Premio Nobel

 

El verdadero punto de inflexión llegó en Szeged, una región de Hungría famosa por su producción de pimentón (paprika). Cuenta la leyenda que una noche, su esposa le sirvió pimientos frescos para cenar. Szent-Györgyi, que no tenía ganas de comérselos pero no quería ofenderla, se los llevó al laboratorio para analizarlos.

 

Para su sorpresa, descubrió que el pimiento húngaro era una fuente masiva y purísima de ácido hexurónico. En cuestión de semanas, logró producir libras enteras de esta sustancia cristalina, algo impensable cuando dependía de las glándulas suprarrenales bovinas.

 

Con una cantidad tan abundante de la sustancia, pudo enviarle muestras al especialista en carbohidratos Walter Haworth, quien determinó su estructura molecular exacta, y al investigador Norman Haworth. Juntos demostraron que este ácido era, de forma idéntica, la esquiva vitamina C. Rebautizaron el compuesto como ácido ascórbico (que significa, literalmente, "contra el escorbuto").

 

En 1937, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel por sus descubrimientos en relación con los procesos de combustión biológica, con especial referencia a la vitamina C y la catálisis del ácido fumárico (un paso clave para lo que más tarde se conocería como el ciclo de Krebs).

 

Más allá de la vitamina C: Músculos y resistencia

 

El galardón de Estocolmo habría sido el broche de oro para cualquier carrera, pero Szent-Györgyi apenas estaba calentando motores. Tras descifrar la respiración celular, volcó su atención hacia la biofísica del movimiento. Querías saber cómo una señal eléctrica se traduce instantáneamente en una fuerza física.

 

En la década de 1940, su laboratorio aisló la actina y la miosina, las dos proteínas fundamentales que componen las fibras musculares. Demostró que, al combinarse con el trifosfato de adenosina (ATP) —la moneda energética de la célula—, estas proteínas se contraen. Fue la primera vez que se logró reproducir el movimiento muscular en un tubo de ensayo, sentando las bases de la miología moderna.

 

Un espíritu indomable en tiempos oscuros

 

La ciencia no aisló a Szent-Györgyi de los brutales vaivenes políticos de Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial, horrorizado por el avance del fascismo, se unió activamente a la resistencia húngara. Aprovechando su fama internacional, viajó a Estambul bajo el pretexto de dar una conferencia científica, pero con una misión secreta: negociar una paz separada para Hungría con los Aliados.

 

El complot fue descubierto por la Gestapo, lo que enfureció al propio Adolf Hitler, quien ordenó personalmente su arresto. Szent-Györgyi logró escapar y vivió en la clandestinidad, cambiando de escondite constantemente hasta que el ejército soviético entró en Budapest.

 

Sin embargo, el régimen estalinista posterior tampoco encajaba con sus ideales de libertad. En 1947, decidió abandonar Europa y emigrar a los Estados Unidos, estableciéndose en Woods Hole, Massachusetts, donde fundó el Instituto para la Investigación del Cáncer.

 

En sus últimas décadas de vida, Szent-Györgyi se adentró en un terreno sumamente avanzado y controvertido para su época: la biología cuántica. Sostenía que las leyes de la bioquímica clásica eran insuficientes para explicar la velocidad y la eficiencia de la vida, y que los electrones deslocalizados y los campos electromagnéticos jugaban un papel crucial en los procesos celulares y en el desarrollo del cáncer.

 

Albert Szent-Györgyi falleció en 1986 a los 93 años, manteniendo una mente curiosa y un optimismo contagioso hasta el último suspiro.

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