Jueves, 16 de Julio de 2026

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Redacción
Jueves, 16 de Julio de 2026
Relato de ciencia ficción

La nave que olvidó su misión (Víctor Arenas) (Relato de CF)

La Cría 14, más que una nave, era un mundo de metal oxidado que giraba sobre su eje para simular una gravedad que ya a nadie le importaba. Tras tres siglos de deriva por el vacío absoluto, los sensores de proximidad —aquellos que aún enviaban impulsos eléctricos a través de cables corroídos— despertaron a la tripulación con un aullido metálico.

 

Estábamos en casa. El problema era que nadie sabía qué significaba eso.

 

Esteban, el Archivista Mayor, se ajustó las gafas de aumento. Sus dedos, callosos por manipular pergaminos sintéticos y cristales de memoria degradados, temblaban ligeramente. Frente a él, en la pantalla principal del Puente de Mando, una esfera de un azul violáceo y vetas ocres llenaba el horizonte.

 

—¿Es ese? —preguntó la Capitana Maki, cuya autoridad era más una herencia que un mérito. Su uniforme estaba remendado con fibra de carbono recuperada de los niveles inferiores.

 

—Los registros estelares coinciden con la posición final de la trayectoria —respondió Esteban, aunque su voz carecía de convicción—. Pero hay un vacío, Capitana. Un agujero negro en la narrativa.

 

—¿A qué te refieres con "agujero"? Tenemos el planeta. Tenemos la nave. Tenemos a cinco mil personas esperando desembarcar tras doce generaciones.

 

—Me refiero a que no hay un solo archivo que nombre el planeta. No hay una "Guía de Colonización". No hay registros de por qué abandonamos la Tierra. Solo sabemos que salimos. Y ahora, según el protocolo automático, debemos descender.

 

Maki observó el mundo exterior. Se veía fértil, pero terriblemente ajeno.

 

—Busca en la Cámara de Criosueño. Los Ancianos de la primera generación deben haber dejado algo. Un diario, una bitácora de navegación real. No podemos pisar tierra firme siendo amnésicos.

 

Esteban descendió a las entrañas de la nave, donde el aire sabía a aceite rancio. La sección de archivos era un laberinto de servidores silenciosos. Allí, el Archivista no buscaba datos digitales; buscaba las huellas físicas de la censura.

 

Pasó horas analizando los núcleos de memoria de la Inteligencia Artificial de la nave, Artemis. La IA estaba "muerta" desde hacía un siglo, reducida a funciones básicas de soporte vital. Sin embargo, al abrir el panel de acceso físico, Esteban notó algo que le heló la sangre: los filamentos de oro de los procesadores centrales habían sido cortados con láser. Con precisión quirúrgica.

 

Un sabotaje preventivo.

 

—¿Por qué borrarnos el pasado? —susurró Esteban para sí mismo.

 

Comenzó a reconstruir los fragmentos de datos residuales. Encontró una imagen distorsionada: la Tierra. En vez de ser el erial radiactivo que las leyendas orales describían, se veía... vibrante. Se veía próspera. Los sensores de largo alcance de la época de partida mostraban ciudades de luz, no incendios.

 

Si la Tierra no estaba muriendo, ¿por qué lanzaron una cáscara de metal al vacío con miles de almas a bordo?

 

El rumor del "Gran Olvido" se extendió por los pasillos. En la Cantina del Nivel 4, los trabajadores de mantenimiento intercambiaban teorías entre tragos de agua reciclada.

 

—Dicen que somos criminales —decía un soldador de mirada torva—. Un exilio masivo. Borraron la memoria para que no intentáramos volver a por venganza.

 

—O quizás somos un experimento —replicó una bióloga—. Querían ver si la humanidad podía florecer sin el peso de su historia. Sin guerras antiguas, sin religiones muertas.

 

Maki entró en la sala, seguida de Esteban. El silencio cayó como una losa.

 

—Mañana iniciamos la maniobra de inserción orbital —anunció la Capitana—. Esteban ha encontrado algo.

 

El Archivista dio un paso adelante, sosteniendo un pequeño proyector manual.

 

—He recuperado un fragmento de audio de la Caja Negra del puente. Es de la Progenitora, la mujer que firmó la orden de lanzamiento hace trescientos años.

 

Activó el dispositivo. Una voz femenina, cargada de una fatiga existencial profunda, resonó en la sala:

 

"...la carga es demasiado pesada. El conocimiento es el virus. Si recordamos el origen, buscaremos el final. Para que ellos vivan, nosotros debemos morir en su memoria. Que el olvido sea el suelo donde crezca su nueva esperanza."

 

—¿"El conocimiento es el virus"? —Maki frunció el ceño—. Eso suena a fanatismo, Esteban.

 

—O a una advertencia —dijo el Archivista—. He analizado la atmósfera del planeta que tenemos delante. Oxígeno al 21%, nitrógeno al 78%. Gravedad de 9,8 metros por segundo al cuadrado. Es una réplica exacta de la Tierra. Casi demasiado perfecta.

 

La curiosidad de Esteban lo llevó a la morgue de la nave. Si la historia había sido borrada de los discos, quizá estaba escrita en la carne. Como Archivista, tenía acceso a los registros genéticos de la "Generación Cero".

 

Comparó las secuencias de ADN de los primeros pasajeros con las de la población actual. Lo que encontró lo dejó sin aliento. La degradación genética era inexistente. En una nave generacional, tras tres siglos, debería haber mutaciones, efectos de la radiación cósmica, deriva genética. Pero los habitantes de la Cría 14 eran copias exactas, casi clónicas, de sus antepasados.

 

—Capitana, tiene que ver esto —dijo Esteban por el comunicador.

 

Maki llegó minutos después. Esteban señaló las pantallas.

 

—No estamos viajando hacia un planeta nuevo, Maki. Estamos volviendo.

 

—¿Volviendo? El vector de navegación siempre fue hacia adelante.

 

—La nave ha estado viajando en un círculo inmenso. Un bucle de trescientos años. Los sistemas de navegación fueron alterados para que el espacio pareciera infinito, pero solo estábamos dando vueltas en el Sistema Solar exterior.

 

Maki se apoyó en una mesa de autopsias, pálida.

 

—¿Quieres decir que ese planeta azul... es la Tierra?

 

—No. La Tierra está allá atrás, a unos cuantos millones de kilómetros, muerta o viva, no lo sé. Ese planeta frente a nosotros es una construcción. Un hábitat. O quizás... un espejo.

 

A pesar de las advertencias de Esteban, el protocolo de la nave era imparable. Una vez que la proximidad era absoluta, los motores de descenso se activaron automáticamente. La Cría 14 comenzó su caída controlada hacia el hemisferio norte del mundo violáceo.

 

Esteban y Maki se situaron en la ventana de observación de la primera lanzadera. Atravesaron nubes que parecían de algodón de azúcar, pero el aire que entraba por las tomas de filtrado era dulce, cargado de un aroma a tierra mojada y flores desconocidas.

 

La nave aterrizó con un suspiro sobre una llanura de hierba alta. Las compuertas se abrieron.

 

Cinco mil personas salieron, temblorosas, pisando por primera vez algo que no era metal. El cielo era de un azul profundo, casi negro, con dos lunas pequeñas visibles incluso de día.

 

—Esto no es la Tierra —susurró Maki, maravillada—. Es el paraíso.

 

Esteban, sin embargo, caminaba con la vista clavada en un monolito de piedra que se erguía a unos cien metros del lugar de aterrizaje. Era la única estructura artificial a la vista.

 

Corrió hacia ella. Maki lo siguió, con la mano en su arma reglamentaria. Al llegar, vieron que la piedra estaba grabada con caracteres antiguos, pero legibles.

 

—Léelo —ordenó Maki.

 

Esteban pasó sus dedos por las hendiduras de la roca. Su rostro se descompuso. Sus ojos se llenaron de un terror antiguo, un miedo que el olvido no había podido borrar del todo.

 

—No es una colonia —dijo Esteban, con la voz rota—. Y no somos colonos.

 

—¿Entonces qué somos?

 

Esteban señaló la última línea del grabado.

 

—La Tierra nunca estuvo en peligro, Maki. Nosotros éramos el peligro. Los archivos borrados no ocultaban una tragedia, ocultaban una sentencia. El audio de la Progenitora... ella no hablaba de protegernos. Hablaba de protegernos del resto.

 

Maki leyó las palabras grabadas en la piedra:

 

"PROYECTO PURGA: EJECUCIÓN EXITOSA. SECCIÓN CRIMINAL 14. PENA: DESTIERRO PERPETUO EN BUCLE TEMPORAL GENÉTICO. SI ESTÁS LEYENDO ESTO, LA MEMORIA HA RETORNADO. EL CICLO DEBE REINICIARSE."

 

En ese instante, el cielo se rasgó. Era el casco de la Cría 14 que, impulsado por motores que nadie había activado, comenzaba a elevarse de nuevo hacia el espacio, dejando a los cinco mil habitantes atrás, en un mundo que era una celda sin techo.

 

[Img #79208]

 

—Mira —dijo Esteban, señalando al horizonte.

 

Desde el otro lado de la llanura, otra nave, idéntica a la Cría 14, descendía lentamente. Era la Cría 15. O quizás la Cría 1, regresando después de otros trescientos años.

 

Esteban comprendió el horror final. No recordaban quiénes eran porque cada tres siglos, cuando la nave llegaba al "destino", la tripulación era desembarcada para morir de viejo en ese mundo falso, mientras una nueva tanda de clones, con los recuerdos frescos de una Tierra que ya ni siquiera existía, era lanzada al espacio para repetir el viaje.

 

Eran el residuo de una humanidad que los había desechado. Eran el eco de un crimen olvidado.

 

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Maki, viendo cómo la nave que los trajo desaparecía entre las nubes, preparándose para recoger a la siguiente generación de olvidados.

 

Esteban cerró los ojos y sintió la hierba bajo sus pies.

 

—Lo único que podemos hacer. Disfrutar del aire antes de que el próximo grupo llegue a preguntarnos quiénes somos. Y rezar para que, esta vez, el olvido sea definitivo.

 

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